Gracias, maestro Alejandro Carcaño
- Alejandra Fonseca
La ausencia definitiva de las personas que tienen un significado tan importante en tu vida te lleva a la orfandad. Sin ellos el mundo se convierte en un lugar muy árido, seco, estéril y solitario y, hoy, yo me siento huérfana.
Fue inútil intentar ahogar mi llanto en la funeraria cuando escuché a la hija del doctor (en derecho) Alejandro Antonio Carcaño Martínez agradecer nuestra presencia en el último adiós a su padre: “Gracias a ustedes por ser agradecidos; mi padre, a todos, les dio algo”. ¡Que si no!
Mente brillante, señorón en su trato, dedicado absolutamente a su trabajo y a su familia. Fue mi maestro en la preparatoria del Colegio Americano de Puebla y desde entonces compartió su pasión por la justicia y la legalidad con ideas preclaras que, en lenguaje coloquial, entendíamos los chamacos adolescentes. Nos dejó huella. Y de ahí surgió una gran amistad y el trabajar juntos por muchos años.
Con cabello engomado peinado hacia un solo lado y copete alto, era inconfundible. Era un Quijote. Siempre deseó un mundo mejor y lo hizo para todos quienes lo rodeamos y para los muchos que vienen detrás. Yo soy una de las más beneficiadas por sus consejos, por su ejemplo de nunca soltar lo que se quiere, por seguir el hilo de la inteligencia y la sensibilidad con resplandecientes chispas de locura, por no dejar de estudiar y avanzar, por no desfallecer ni claudicar. Por no darse nunca por vencido. Y sobre todo, por no olvidar que el mundo es una co-creación entre mi locura y mi razón.
Su despacho estaba colmado de Quijotes en todas sus presentaciones, de todos colores, tamaños y texturas. Al entrar era inevitable inhalar su encantamiento, respirar el aire de sus batallas, ser un enloquecido y contagiarse de su enloquecimiento; de enamorarse de lo que nunca se ha visto y de salir en busca de aventuras para mejorar el mundo. De estar loco de amor por lo que no se ve, pero existe. Esa era su religión: ser un caballero andante, “el” caballero andante que crea la realidad como lo dicta su corazón, que elige verlo idealizado y no como es, pero sin engañarse porque ve lo que los demás no ven pero ahí está… en su mente, al ser capaz de crear y concretar lo que sueña y, después, seguir soñando ad infinitum... Ese era Carcaño.
Su sabiduría y alegría de vivir cobijaba y protegía absolutamente de la aridez del mundo. Yo me sentía segura al saber que Carcaño existía. Definía cada asunto legal con tanta claridad y certeza que una se sentía mensa de no haberlo percibido antes, ni tan siquiera tantito. Por eso había que estar cerca de él, tenía “las” respuestas a la vida y las compartía de una manera tan sencilla, tan clara, tan exacta que una quería estar cerca de esa fuente de consciencia, que sabía lo que es importante en la vida, y demostraba que a él le importaba. Y Carcaño reía, veía y escuchaba las preocupaciones, y reía, y reía, sobre todo el día que le dije: “Maestro, yo quiero ser como usted cuando sea grande”.
Sí, me siento huérfana sin ser su hija, como muchos se han de sentir. Pérdida irreparable para todos quienes abrevamos de esa fuente de bondad y conocimiento, de amistad y aprecio. ¡Qué tristeza, qué pérdida, carajo! ¡Cuánto lo voy a extrañar, chingada madre! Y gracias a su hija porque sus palabras me hicieron hacer el inventario interminable de todo lo que me dio. Gracias, maestro Carcaño. De veras, gracias…
