Cuando Samuel Huntington publicó ‘La tercera ola’, presentó un esquema de olas y contraolas que llevarían a los países a la democracia o al autoritarismo. La pregunta acuciante era si la tercera, iniciada con las transiciones de España, Grecia y Portugal continuaría o si, en su defecto, vendría una contraola autoritaria. Hoy sabemos que la pregunta resultó improcedente porque se ha iniciado una transición ciudadana global, cuyo desenlace está por verse. La aparición de un nuevo tipo de ciudadano hace que la transición en cuestión no sea continuación de la tercera, sino otra distinta. Estamos ante la cuarta ola democrática en términos que Huntington no contempló…
La presente columna obedece a una serie de preguntas que me han hecho llegar algunos de mis lectores, a quienes agradezco me sigan en cada entrega. Si hemos dejado atrás el fin de la Modernidad y la primera oleada globalizadora fue un intento de la variable tecnocrática para garantizar su viabilidad rumbo al siglo XXI, la cuarta ola democrática tiene que ver de lleno con la configuración de la era global. Las tres olas de Huntington suponen varias cosas. Entre ellas: una sociedad céntrica, un ciudadano más apegado a la misma y un ‘continuum histórico’, para empezar. La complejidad global echó por tierra lo primero, la revolución tecnológica acabó con lo segundo y la conectividad modificó sustancialmente ese ‘continuum’…
Luhmann avizoró lo que venía pero en otros aspectos se quedó corto. La sociedad acéntrica ha dado paso a otra de carácter policéntrico, con un ciudadano cada vez más individualizado, autónomo y conectado a través de las redes sociales y la tecnología de uso social en general. Esto ya lo vimos en las tres entregas anteriores. Lo que ahora interesa es el ‘continuum’…
“Las transiciones globales…”
La obra de Samuel Huntington orientó a los intelectuales, a los partidos y grupos de la sociedad civil. Pero tanto las olas como las contraolas suponían ‘puntos de arranque’ convertidos en referentes de los procesos subsecuentes. Así como algunos autores hablaron de las revoluciones paradigmáticas, con ‘La tercera ola’ pasó algo similar. Es decir: ocurridas tales o cuales transiciones, orientarían a las siguientes. La transición ciudadana global, que se puede identificar como la cuarta ola democrática, superó la visión de Huntington por vía de la obsolescencia. La gran diferencia es que hoy los ciudadanos hemos iniciado una transición en muchas partes casi al mismo tiempo o con poca distancia entre sí. Ya no se puede esperar que ocurran transiciones exitosas que orienten a las demás. La conectividad global cambió el escenario hipotético del sin duda brillante profesor norteamericano…
Al poco de la ‘primavera árabe’ y de los indignados, España entró en una nueva transición y en breve le siguieron otros países, todos bajo la impronta ciudadana. La encuesta publicada recientemente registra una competencia que se va cerrando entre el PP y Ciudadanos. Aunque la encuesta del CIS afirma que el bipartidismo PP-PSOE sigue vigente y no olvidemos el prestigio que acompaña al CIS. En México, Peña Nieto oscila entre el 70 y el 75% de reprobación ciudadana. Nicolás Maduro es rechazado por el 85%. En Argentina, los partidarios de Macri afirman que la mayoría está con ellos y acusan a la contraparte de implantar la estrategia del miedo en razón de la segunda vuelta electoral. ¿Llevará esta cuarta ola a una democracia mejor? Esa historia es la que estamos escribiendo…
“Una ciudadanía en expansión…”
Las ideologías de la Modernidad surgieron en función de un desacuerdo con la realidad imperante y una apuesta de futuro para normarla de tal o cual manera. Los forcejeos para cumplirlo marcaron la diferencia entre izquierdas y derechas. El ciudadano actual está harto de la corrupción, la delincuencia y la impunidad. Quiere una vida mejor y exige el cumplimiento de sus expectativas. ¿Qué relación tiene eso con las izquierdas y derechas? Ciertamente nada. El que logre interpretar mejor al ciudadano, tendrá más posibilidades de éxito frente a sus adversarios. El aspecto programático se torna importante en la competencia por el poder y, sobre la marcha, el lenguaje político se está modificando…
En España, México, Venezuela y Argentina, los que asumen el lenguaje ciudadano van ganando terreno ante los que se mantienen en la limitante del ‘pueblo’. En una sociedad que carece de un solo centro es más complicado convencer recurriendo al bien común. Ha aparecido el ‘bien ciudadano’ y para no caer en reduccionismos ideológicos, hay que expandir el significado más allá de sus acotamientos político-jurídicos. Quizá vamos dejando atrás el concepto de bien común pero no se trata de un simple cambio de nombre, sino de una evolución. Debemos partir de que todos somos ciudadanos con tal de equipararlos, pero entender que la realidad global conduce a contemplar una responsabilidad que traspasa las fronteras. Por ejemplo: la ecología es asunto de todos, no de un país en particular; prevenir el maltrato a los animales para cerrar el paso a la crueldad que se ceba sobre ellos y luego sobre los semejantes; y lo mismo podemos decir de la trata de personas, de la delincuencia organizada que también se ha globalizado. Los marcos de referencia ya son insuficientes. Los principios ético-políticos no cambian, pero sí su formulación…
Si todos somos ciudadanos, un punto en la hoja de ruta de la transformación global es el de los inmigrantes, especialmente de los que se ven forzados a ello. No sea que por la vía pragmática cumplamos uno de los objetivos del totalitarismo: desconocer a la persona como sujeto de derechos…
Indudablemente otro tema pendiente es la incorporación de la mujer al espacio público. La Modernidad habló de ciudadano en términos masculinos y tampoco incluía a todos los varones. Sólo a los ilustrados, propietarios y con estatus económico. La teoría democrática actual se basa en el principio post-liberal de los resultados. La problemática femenina se aleja cada vez más de izquierdas y derechas, al centrarse en la perspectiva ciudadana. No se trata de un simple reparto de poder, aunque tienen derecho a ello. Se trata de que participen en la vida pública, en el poder y en la toma de decisiones sobre el futuro de todos, sin tener que renunciar a ellas mismas ni a sus sueños o proyectos. Tienen derecho a incidir en el bien ciudadano. Es un asunto de justicia porque también son ciudadanas. Es vergonzoso que padezcan mutilación genital o que en algunos lugares las vendan por una dotación de cerveza o alcohol…
Al margen de cuál sea la élite que ascienda al poder o lo retenga en los países en cuestión, difícilmente podrá evitar a la ciudadanía. La mundialización se terminó asociando a la pretendida intención de establecer una especie de élite que a todos gobernase. Pero la globalidad es otra cosa: es la conectividad asentada en la tecnología de uso social. Esto hace al mundo cada vez más complejo. Culturalmente vamos en dirección a una especie de mestizaje global. Canclini usó el término ‘híbrido’ pero la aparición de una agenda globalizada parece no ir en esa dirección…
En la Modernidad, utopistas y escritores imaginaron el futuro. Pero el mañana acaba de arribar. El maquiavelismo fracturó la identidad ciudadano-político y la convirtió en una dicotomía que los ciudadanos del siglo XXI tenemos que resolver. La pugna izquierdas-derechas ha sido desmantelada para dar paso a la confrontación ciudadana con el maquiavelismo en sus aspectos más negativos. Subyace en las exigencias de honestidad, transparencia, rendición de cuentas y combate a la corrupción. Ya no más razones de Estado y sí muchas razones ciudadanas. Es el momento de buscar al interior de la sociedad acéntrica los motivos para permanecer juntos, antes que abunden los pretextos para no estarlo…
Hasta entonces…
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Politólogo. Analista político y asesor. Especializado en historia y política mexicana, geopolítica y geoestrategia, Historia de las ideas políticas, teoría política y análisis de escenarios. Autor de la columna Confines Políticos
