Morir para contarlo
“Aquellas personas que pudimos ser al leernos en nuestros sueños”
Esta semana falleció el religioso español Miguel Pajares. Murió en su patria, internado en un hospital que fue blindado sanitariamente para recibirle. Su muerte ha conmocionado a propios y a extraños pues es el primer infectado del mortal Ébola en morir en tierras europeas, donde un suero experimental creado por Estados Unidos, nada pudo hacer para poder salvar la vida de este misionero. El mentado suero no sólo no le salvó sino aniquiló con su pasividad las esperanzas de convertirse en la panacea milagrosa a esta pandemia que supera a las 7 plagas de Egipto.
El padre Pajares, al igual que centenares de laicos, profesionistas y civiles, murió por una enfermedad surgida en la década de 1970 en el continente africano. En sus inicios, la pandemia cobró casi 800 víctimas. Hoy que resurge (no es la primera vez), el Ébola se ha cobrado ya más de mil muertos, más 1800 enfermos (al día de hoy) que luchan contra la enfermedad y contra la estadística que marca una terrorífica tasa de mortalidad entre el 70 y el 90% para quienes la padecen.
Tanto Miguel Pajares como religiosos de otros credos, trabajadores sociales, médicos y enfermeras, han ofrendado su vida a centenares de enfermos con las mínimas posibilidades de supervivencia, principalmente en Liberia, Guinea y Sierra Leona, países del África Occidental donde el virus se ha desatado sin clemencia. Han prestado un gran servicio a África y han puesto de manifiesto las carencias de este vapuleado continente y la necesidad de un mundo que se implique más.
En respuesta, muchos países encuentran en el cierre de sus fronteras a ciudadanos africanos una posible solución y/o prevención, mientras que la OMS, enfrentando un dilema ético ha autorizado el uso de al menos 4 tratamientos experimentales no probados, buscando una hasta ahora, nula solución.
Es en este tan sombrío panorama, donde destacan y brillan aún más las personas quienes deciden dar su vida en aras de cuidar otras; sabiendo que las probabilidades de contagio y muerte son altas. Regalan su vida por otros, y con su muerte, paradójicamente proclaman la razón de su vida. Mueren para avivar la esperanza depositada en el ser humano, de poder salvar al más necesitado, sin ninguna gratificación, herencia, o pago, y en muchos casos en la ingratitud de la vida que ni siquiera logra recordar el nombre de muchos valientes a su muerte.
Y mientras África se desangra con su tragedia de muerte, al otro lado del mundo, un connotado y querido actor de quien apostábamos lo tenía todo, decidió matarse.
Magnífico histrión, parecía feliz, nos hacía reír, dueño de una hermosa familia y de una cantidad casi infinita de bienes. Irreverente en el cine y en la vida, aún de sus adicciones bromeaba: “Dios inventó la cocaína para hacernos saber que tenemos dinero de más”.
Extraña comparación y/o forzado paralelismo entre un misionero muerto y un actor hollywoodense. Cada quien decidió en vida su muerte. Ambos contando historias, la historia de un continente olvidado donde no sólo los locales mueren; la historia de quien muerto encarna una última actuación suplicando volteemos a ver a los enfermos de depresión y a los adictos.
Ojalá que las historias narradas con su muerte, nos motiven a cuidar la vida, a no juzgar, a vivir y actuar con la verdad como credo, a no olvidar, y poder así, leernos en el sueño de un mundo mejor, como misioneros que curan dolencias del cuerpo, como actores que curan y alegran el alma.
