Don Gallo
- Alejandra Fonseca
Le dicen don Gallo. Cuando se le pregunta por qué, ríe y con pícaros ojos, mirada incendiaria y palabras que sacan chispas, responde: “¡A ver vieja, diles por qué me dicen don Gallo!” Suficiente la risa sagaz de su mujer, Rosa, que echa un vistazo cómplice a su marido.
Don Gallo es un hombre joven muy simpático. Su nombre es Marcelino Sandoval. Su esposa, mujer rubia y blanca, su “Güerita”, es la “coach” que prepara todo el festín y atiende a los comensales mientras él está al frente donde se luce, dale y dale al cuchillo, y mueve y mueve la pala, abre y cierra la llave de gas para cortar y cocinar los deliciosos tacos de tripas, suadero, bistec, longaniza, maciza, cabeza, buche, machitos, pescado y camarón, gran variedad de manjares según la época del año.
Lo simpático de don Gallo es un gen que le heredó a su mamá. Pero él ha tenido la curia de multiplicarlo hasta convertirlo en epidemia. No se puede estar en su taquería, allá en la zona de Santa Rosa de Lima en León, Guanajuato, sin salir con panza llena y corazón alborozado.
Cuenta don Gallo que vendía desde niño para ayudar a su mamá y salía con sus gelatinas a la calle. Un día caminaba feliz con su charola al hombro cuando se le cayeron. Muy triste llegó corriendo con su mamá y llorando le dijo: “¡Se me cayeron ma’!”, a lo que la señora, en chinga, ordenó: “¡Júntenlas, ahorita las lavamos!”
Don Gallo fue “casi” todo lo que se le pusiera enfrente: mesero, garrotero y cantinero, antes que taquero. Lo puedo imaginar detrás de la barra atendiendo con gran gala y celebración cada copa que servía entre chiste y chiste haciendo la felicidad del lugar donde por igual van felices que tristes. Y entre copa y copa la reflexión que no falta entre cada carcajada que provoca, sin perder la ilación de la anécdota toda, para cerrar con broche de oro por parte de su clientela, un: “¡Salud, cantinero! en su momento, y hoy: “¡Otro de suadero, taquero!”
En mis continuos viajes a León, mi prioridad, aparte de visitar a la familia, es estar puntual en la taquería para ver qué sorpresa de viandas me tiene don Gallo. Él se esmera en la variedad y me tiene como clienta preferencial al guarda y ofréceme la ambrosía. Dice que soy su mejor gallo para comer, sobre todo por los famosos “Aguirre” que le inventé: taco con tortilla sencilla y doble ración de lo que tenga en el comal de los que soy muy asidua y él, basto. Le respondo que soy su mejor galla pa’ que no me confunda con gallina.
A su salud don Gallo. A la salud de la Güerita y toda la familia.
Don Gallo: ¡Marcelino, taco y vino!
