López Zavala olvida su pasado marinista y aspira a la minigubernatura
Javier López Zavala decidió irrumpir en el recién iniciado proceso de sucesión de Rafael Moreno Valle para levantar la mano dentro del PRI y exigir a este partido un lugar de primera fila entre los aspirantes a gobernador.
Claro y contundente, el diputado federal le pide al tricolor que haga justo lo que Mario Marín rechazó hacer en 2010: una consulta abierta, equitativa, sin dados cargados para nadie, que defina al candidato priista del 2016.
Zavala se cree con derechos para ser tomado en cuenta como uno de los pocos precandidatos serios que tendrá el PRI para la elección local que se avecina.
Además de los 800 mil votos que obtuvo en 2010, precisamente frente a Moreno Valle, afirma que tiene la mayor estructura política dentro del priismo y que no ha dejado de recorrer el estado en los últimos cinco años, lo que le otorga mejores expectativas de competencia electoral frente al resto de sus compañeros de partido.
Suponga usted que tiene razón y que lo que dice es cierto; y algo más: que la condición de ahijado político del entonces gobernador Marín, que le dio la candidatura en 2010, y su posterior derrota, no son argumentos de peso para cerrarle la puerta esta vez, para no considerarlo como uno de los tiradores dispuestos a morirse en la raya (en sentido figurado, le aclaro) en busca de la nominación.
Anote entonces al ex secretario de Gobernación en la puja priista por Casa Puebla.
Obséquiele el beneficio de la duda.
Y sí, hágalo dentro de los primeros niveles, lejos de aquellos suspirantes que sin tener posibilidad alguna dicen que quieren para ver en realidad qué sacan, qué nuevo premio de consolación les obsequia el partido, como precandidatos perdedores, para seguir en las mieles del presupuesto público.
El problema de Javier López Zavala radica en la percepción pública.
Aun considerándolo un aspirante serio, aun tratando de olvidar su pasado como máximo beneficiario político del marinismo, si es que eso fuera posible, Zavala se incorpora a una sucesión en la que Blanca Alcalá Ruiz y Enrique Doger Guerrero le llevan una amplia ventaja en posicionamiento.
Por diversos motivos, quizá varios de ellos discutibles, Alcalá y Doger ocupan el centro del debate priista como sus dos principales cartas para enfrentar la sucesión del gobernador Moreno Valle en el 2016.
De la senadora se insiste en que es la mejor de las opciones, la más competitiva.
Y solo se espera a ver si del CEN, de la Secretaría de Gobernación o de Los Pinos la obligan para ir como candidata en la elección que viene, en lugar de esperar hasta el 2018, como ella quisiera.
Del ex rector de la BUAP se dice que, dado su estilo beligerante, podría ser el antídoto que requiere el PRI para combatir (en términos electorales) al morenovallismo.
Las menciones que se hacen de otros priistas obedecen más a la red de padrinazgos que podrían apuntalar su eventual nominación que a la suma de méritos propios.
Romper con la percepción de la dupla Alcalá-Doger le resultará difícil a Zavala, con todo y la estructura de ciudadanos que dice tener detrás de sus aspiraciones, principalmente en los municipios del interior del estado, pero que nadie desde la esfera mediática ve.
Hoy por hoy no hay condiciones objetivas para afirmar que el candidato a minigobernador del PRI saldrá de alguno de los dos expresidentes municipales.
En política, como usted sabe, siempre hay posibilidades de que de última hora ocurra un suceso inesperado, uno que termine echando por tierra todos los pronósticos.
Incluso Blanca Alcalá y Enrique Doger generan también opiniones en contra, sobre todo el segundo, que ha dejado muchos heridos en su recorrido por el servicio público.
Esto es lo que le inyecta ánimos a Zavala.
Por eso es que aun rezagado y perjudicado por un pasado que le hace sombra, ha decidido meterse en la contienda.
Lo primero que tendrá que hacer es explicarle a los priistas cómo piensa ganarle, en las urnas, al mismo grupo que lo venció hace cinco años.
Ese será un buen comienzo.
@jorgerdzc
