La herencia del 2 de octubre en la BUAP

  • Ivanhoe García Islas
Transformar la universidad significa recuperar y actualizar aquellas demandas hoy vigentes

A 57 años de la masacre de Tlatelolco, conmemorar el 2 de octubre en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) debería ser más que un ritual de memoria. Debería ser un momento para preguntarnos si estamos construyendo una universidad que honre aquello por lo que aquella generación luchó. La respuesta es que no y esa respuesta conlleva a un imperativo ético y moral.

La BUAP enfrenta hoy problemas que no son nuevos pero que se han vuelto insostenibles: miles de jóvenes rechazados cada año, profesores que llevan décadas sin plaza definitiva, decisiones que afectan toda la vida universitaria tomadas en círculos cerrados sin transparencia y sin rendir cuentas. Esta situación por supuesto no es exclusiva de la BUAP, es la expresión más tangible de la crisis que atraviesa a las universidades públicas. Para entender cómo llegamos aquí necesitamos mirar qué significó realmente el 68 y qué pasó después.

Lo que el 68 ganó para la BUAP

En 1968 los estudiantes mexicanos se lanzaron a las calles exigiendo diálogo público, liberación de presos políticos, destitución de funcionarios represores, no pedían derrocar al régimen, pedían libertades básicas que en cualquier democracia liberal (por lo menos en lo superficial) están garantizadas. La respuesta del gobierno fue Tlatelolco, el 2 de octubre, un número aún no determinado de jóvenes fue asesinado. La violencia lleva siempre un mensaje y el de Tlatelolco era que el poder del Estado mexicano no se cuestiona y que este ente al servicio de la oligarquía mexicana no negocia ni cede.

Lo que siguió no fue la democratización que pedían los estudiantes, sino más represión, el halconazo en 1971, la Guerra Sucia contra movimientos armados, la persecución a sindicalistas, campesinos y a cualquier forma de disidencia. El Estado mexicano siguió siendo profundamente autoritario, pero el costo político de mantener el control absoluto se había vuelto demasiado alto. Tuvieron que ceder algunos espacios, incluyendo las universidades.

En Puebla el movimiento estudiantil tenía ya su propia historia de lucha y sangre, así que para 1968, los estudiantes poblanos ya conocían el costo de alzar la voz, aun así participaron activamente en el movimiento nacional. Hubo enfrentamientos con la policía estatal, represión en las calles, hostigamiento a estudiantes organizados; después de Tlatelolco, la represión en Puebla se intensificó y lo más sangriento vendría después.

El 1 de mayo de 1973, francotiradores dispararon contra estudiantes en lo que se conoce como la masacre del Carolino, tres personas murieron ese día, doce resultaron gravemente heridas. Entre los muertos estaba el profesor Alfonso Calderón. Joel Arriaga Navarro, director de la Preparatoria Benito Juárez e integrante del Partido Comunista, quien había sido asesinado el 11 de abril del mismo año.

De esas luchas, de esa represión, también nació una universidad distinta, las conquistas no fueron inmediatas ni completas, pero fueron reales. La UAP de los setenta logró una Ley Orgánica que garantizaba la elección democrática de autoridades por la comunidad universitaria, algo impensable antes del 61: se amplió significativamente la matrícula, permitiendo que miles de jóvenes de familias pobres accedieran a la educación superior, se crearon nuevas carreras vinculadas a las necesidades sociales, se establecieron contratos colectivos de trabajo que dieron derechos laborales a profesores y trabajadores, se generaron espacios de autonomía real donde se podía pensar, investigar y enseñar sin la vigilancia directa del estado.

La universidad se abrió a las clases populares de Puebla de manera inédita, se crearon programas de apoyo para estudiantes de bajos recursos, se establecieron vínculos orgánicos con sindicatos, organizaciones campesinas, movimientos urbanos. La universidad se entendía como parte de un proyecto de transformación social, no como simple formadora de profesionistas para el mercado. Los sindicatos universitarios defendían efectivamente los derechos de los trabajadores y en lo académico se fomentaba el pensamiento crítico, no su represión.

Lo que el neoliberalismo desmontó

Pero en los ochenta y noventa las universidades comenzaron a perder lo que se había ganado con sangre, el autoritarismo no desapareció, cambió de forma, el neoliberalismo llegó a las universidades hablando de modernización, calidad, excelencia, pero detrás venían cambios que desmantelaron sistemáticamente aquellas conquistas.

Empezaron a multiplicarse los contratos temporales, erosionando los derechos laborales que se habían ganado en los setenta, lo que antes era la excepción se volvió regla, actualmente hay profesores en la BUAP con veinte años dando clases que siguen sin plaza definitiva. Se debilitaron los sindicatos mediante la cooptación de sus dirigentes y la  fragmentación de sus bases, la autonomía universitaria se mantuvo formalmente, pero se vació de contenido, ya que las decisiones fundamentales se concentraron en estructuras administrativas verticales. La universidad dejó de pensarse como parte de un proyecto de transformación social para subordinarse a las "necesidades del mercado".

Un profesor precario se cuida de protestar porque sabe que pueden no renovarle su contrato y vive con la amenaza permanente de que, si se organiza perderá el trabajo, la precarización sirve para controlar a los trabajadores universitarios sin la necesidad de mandar granaderos ni francotiradores. Las universidades se empezaron a administrar como empresas, los rectores como gerentes (Alfonso Esparza representa en ese sentido el grado de mayor decadencia al que ha llegado la BUAP). Las decisiones dejaron de discutirse colectivamente, el autoritarismo en la BUAP no desapareció, se volvió más sofisticado. Ya no es necesario reprimir abiertamente si se puede fragmentar, precarizar, individualizar.

La BUAP de hoy

El paro estudiantil que paralizó buena parte de la universidad entre febrero y marzo de este año puso sobre la mesa lo que muchos ya sabían. Algo fundamental se ha roto en la institución, y no solo aquí, en el Politécnico hubo paros en marzo y abril por edificios deteriorados y falta de insumos, otras universidades públicas del país enfrentan conflictos parecidos.

Estos movimientos comparten algo esencial: surgen del agotamiento ante un modelo universitario que ya no funciona, lo que une a estos paros es el hartazgo ante la precarización, la exclusión normalizada y la concentración antidemocrática del poder. Es la necesidad de rescatar la esencia transformadora del movimiento del 68, pero aplicada a nuestro tiempo y con conciencia de que las demandas de entonces siguen sin cumplirse realmente.

En el pliego petitorio del paro de 2025 apareció algo ineludible, la demanda de eliminar la reelección de funcionarios y cambiar el sistema de elección de autoridades. Esto habla del hartazgo ante la concentración de poder. Las demandas del 68 siguen vigentes porque en esencia las cosas no han cambiado tanto como parece.

La transformación como verdadero homenaje

Conmemorar el 2 de octubre no puede limitarse a colocar ofrendas y participar en marchas, el verdadero homenaje a quienes cayeron en Tlatelolco, y también a quienes cayeron en Puebla en 1973, a Joel Arriaga Navarro, al profesor Alfonso Calderón, a todos los que fueron golpeados, encarcelados, perseguidos por exigir una universidad democrática, es continuar la lucha que ellos iniciaron y recuperar lo que se perdió.

La transformación necesita rescatar lo esencial de aquellas luchas, pero sin ingenuidad y no dimitiendo oportunismos. Aquella generación entendió que las instituciones públicas deben gobernarse democráticamente, servir a las mayorías, y comprometerse con la transformación social. Si se lograron conquistas concretas en la BUAP, derechos laborales, autonomía real, expansión de la matrícula, vínculos con movimientos sociales, espacios de participación efectiva, pero esas conquistas se han ido perdiendo sistemáticamente.

Transformar la BUAP significa recuperar y actualizar aquellas conquistas, basificar a profesores que llevan décadas sin contrato definitivo, recuperando los derechos laborales que se ganaron en los setenta, construir más aulas, contratar más profesores de tiempo completo, expandir masivamente la matrícula como se hizo entonces. Que la BUAP crezca y deje de usar la falta de lugares como filtro de clase, recuperar el poder real de las asambleas, democratizar efectivamente la elección de autoridades y reconstruir vínculos orgánicos con las luchas sociales de Puebla.

Pero aquí vuelve la lección del 68 y del 73, nadie va a regalar estos cambios. Las transformaciones reales no se decretan desde el poder, se construyen desde abajo con organización y tenacidad. El paro de este año mostró que la capacidad de organización existe, ahora el reto es convertir ese impulso en la construcción del poder colectivo. Esto requiere reconstruir espacios donde estudiantes, trabajadores y profesores discutan juntos y decidan juntos, requiere dejar de vernos como competencia y empezar a actuar como comunidad. Requiere perder el miedo que paraliza, requiere alianzas con otros trabajadores y con los movimientos sociales de Puebla.

En este 2 de octubre de 2025, 57 años después de Tlatelolco y 52 años después de la masacre del Carolino, la BUAP está en una encrucijada. O se transforma profundamente, recuperando lo que se ganó con sangre y actualizándolo para nuestro tiempo, o dejará de ser pública en cualquier sentido real. Aquellos jóvenes murieron exigiendo democratización, esa democratización sigue siendo la tarea pendiente. El Estado mexicano sigue siendo autoritario, sólo ha cambiado de forma, la sociedad sigue siendo profundamente desigual, por eso nuestra responsabilidad es continuar con esa lucha.

La salida no está en las oficinas administrativas sino en la organización de la comunidad universitaria. El mejor homenaje que podemos hacer a los mártires de 2 de octubre no son las palabras sino la acción, por tanto, la transformación de la BUAP es una tarea urgente que empieza hoy.

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Ivanhoe García Islas

Compositor, poeta y educador en artes y humanidades. Licenciado en Música (BUAP), Maestro en Ejecución Musical (CMPM) y estudios de Maestría en Estética y Arte. Analista social desde una perspectiva que combina la sensibilidad artística y el pensamiento crítico.