Comprender el mundo en que vivimos
- Editorial
Editorial
Sin duda uno de los grandes beneficios que puede recibir una persona por parte de la sociedad en que vive son los criterios con los cuales configura y establece su visión del mundo y de su propia existencia. Con tales criterios vive y convive y, también, encuentra y/o da sentido a su existencia personal y colectiva. Desde los espacios familiares, ahí en la cuna, en la casa, en la convivencia cotidiana, pasando por la escuela –y todo lo que ello implica-, hasta llegar a los ámbitos del trabajo y de la vida económicamente activa (pero también de la creatividad y de la aportación personal en ese rubro), al igual que a los ámbitos del espacio público y de la política en general, conduciéndola o padeciéndola, la persona va aprendiendo a vivir en el mundo, a ser parte de él y a incorporarse a él haciéndolo, incluso, parte de sí mismo.
Decimos que la persona va aprendiendo a vivir en el mundo, aunque no necesariamente a comprenderlo, no necesariamente a ser consciente de su significado y del significado de su propia existencia personal y consciente en él. Paradójico sin duda es esto, porque la misma noción de mundo ya supone una pre-comprensión, una pre-selección de las cosas con que nos encontramos en la vida. No toda la realidad forma parte de «nuestro» mundo, al menos suponemos que hay realidades que ni nos imaginamos siquiera precisamente porque están fuera de nuestro mundo. El mundo al que pertenecemos es, en primera instancia, todo aquello que entra en nuestra órbita vital, en nuestra constelación existencial, aquellas cosas, situaciones y personas que tratamos de manera habitual (habitual incluso denota el habitus situacional), o extraordinaria pero relativa a nuestro espacio de vida.
Pero el mundo siempre nos desafía, siempre hay algo novedoso que nos sale al encuentro y que no siempre tiene ese rostro amable de lo familiar y cotidiano. Se nos presente incluso como lo otro, lo desconocido, lo aquello que nos provoca y nos llama a descubrirlo, so pena de quedarnos en la soledad de la incomprensión y del abandono. De ahí la relevancia de disciplinas humanísticas como la filosofía, la educación y la historia para abrirnos el horizonte de una comprensión más clara, familiar y cercana. No son disciplinas fáciles, pero sí con el suficiente rigor y la suficiente certeza (si es que podemos establecer al menos criterios epistémicos seguros) para abrirnos camino a una reflexión personal que abone en la conciencia colectiva que necesitamos precisamente para comprender nuestro mundo y comprender nuestro tiempo, incluso, yendo más allá de su epidermis, como dice uno de nuestros colaboradores.
Las aportaciones de nuestros colaboradores y nuestras colaboradoras, sin duda, forman un granito de arena que nos serán, sobre todo, útiles en la medida de nuestra habilitación en la existencia cotidiana. No está por demás señalar que el mejor fruto es también no sólo el más nutritivo sino el más sabroso. Y en este número hay de los dos. Invitamos a nuestros lectores a disfrutar de los artículos.
