Ciudadanos indefensos ante el ruido por falta de legislación
Azucena Pacheco/Animal Político
De ser un refugio, su departamento se convirtió en zona de guerra. Cuando llegó a vivir a la colonia Nápoles, en la Ciudad de México, Karla solía abrir el balcón para escuchar a los pájaros y sentarse a trabajar en paz. En 2015 todo cambió: el ruido por la construcción de un magno edificio aledaño al suyo se tornó insoportable. Al concluir la obra, Karla pensó que la pesadilla había terminado. No fue así. Comenzaron a sonar los aires acondicionados, las plantas de luz, los extractores de los restaurantes. Desde entonces, no ha vuelto a abrir su balcón ni las ventanas de su casa.
Karla vive en la calle Ohio pero su balcón y la ventana de su recámara dan a la calle Colorado —que está justo a espaldas de un nuevo edificio de oficinas compartidas (Wework) y cuenta con un centro comercial y restaurantes, cuya entrada principal es por avenida Insurgentes—. Ella y sus vecinos han levantado denuncias en la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial (PAOT) capitalina. También han acudido a la delegación Benito Juárez pero pese al sinnúmero de quejas presentadas y reuniones con el administrador de su edificio nada cambia.
Ciudad de México es la octava ciudad más ruidosa del mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el Índice Mundial de la Audición, que analiza 50 ciudades del mundo. La capital del país es aún más escandalosa que Cantón y Pekín, en China; Nueva Delhi y Bombay, en India; El Cairo, Egipto; y Estambul, Turquía.
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