Delincuencia común se consolida en Puebla

Enrique Núñez/Contracara/Intolerancia
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La creciente inseguridad en Puebla parece no crear conciencia a las autoridades estatales, que presumen de un estado que no coincide con las constantes agresiones que los poblanos padecemos día con día.

A inicios de año, el reportero Ernesto Aroche —del portal informativo Lado B— presentó un comparativo sobre el número de delitos cometidos en los sexenios de Mario Marín y Rafael Moreno Valle, donde el actual gobernador sale muy mal parado con estadísticas que demuestran la ineficiencia de su gobierno en esa materia.

Y no podía ser de otra manera, por una simple y sencilla razón: que los secretarios encargados de la Seguridad Pública vinieron recomendados por los gobiernos federales panistas, quienes evidentemente fracasaron en su famosa guerra contra el crimen.

Tanto Ardelio Vargas como Facundo Rosas aparecieron en Puebla tras su desempeño como funcionarios federales, donde fueron cómplices de la derrota calderonista ante los grupos criminales en todo el territorio nacional, donde destinaron miles de millones de pesos olvidando la prevención de los delitos comunes, los cuales crecieron de manera brutal.

Una cosa es la lucha entre los cárteles del narcotráfico, y otra cosa es el número de delitos cometidos en contra de los ciudadanos.

En el primer caso, es obvio que Puebla no está en medio de esa guerra entre los grupos relacionados con el narco, donde el número de ejecuciones gana las primeras planas de los medios nacionales.

En el segundo, las estadísticas ponen a Puebla como uno de los estados en donde crece el secuestro y abundan los robos violentos y a casa habitación. Y es precisamente en estos rubros donde los ciudadanos, como usted o yo, padecemos la ineficiencia de la autoridad.

Vayamos a los hechos.

Lamentablemente, el discurso morenovallista no coincide con la enorme cantidad de secuestros que se repiten día con día en territorio poblano.

Hace un año, en la zona de Izúcar de Matamoros fue secuestrado el sobrino de un amigo personal, apareciendo su cadáver dos semanas después de su secuestro, pese al pago por el rescate.

Meses atrás, el secuestro del hijo de una alta funcionaria estatal encendió los focos rojos, aunque decidieron mantener en secreto este caso, incluso después de haberse logrado el rescate del pequeño.

Hace un mes tocó el turno del empresario transportista Alfredo Rivera, cuyo secuestro fue resuelto con éxito.

En días pasados la esposa de un empresario tehuacanero, e hija de un conocido poblano, fue secuestrada en aquella región, tras el pago de una fuerte suma de rescate.

Esta vez no quise hacer uso del archivo del reportero Alfonso Ponce de León, ya que preferí utilizar únicamente casos de personas que conozco directamente, para demostrarles que el secuestro pasó de las páginas de la sección policiaca a ser parte de nuestro círculo cercano.

A los secuestros debemos agregar los robos en casas habitación, los cuales crecen aceleradamente y sin control.

En el último mes fueron cuatro personas cercanas a este columnista las que vivieron la amarga experiencia de ver violada su intimidad, perdiendo sus pertenencias personales en cuestión de horas.

Lo mismo asaltan en La Paz que en La Hacienda, San Manuel, Bugambilias y las colonias del sur.

Y en ese mismo tenor, seguramente usted tiene cerca a alguien que ha sido víctima de la delincuencia.

Nadie está a salvo en este estado y menos con estos funcionarios que en 2016 se irán de Puebla, dejándonos una ciudad envuelta por un mar de criminales.

Lo que nadie nos dice es que en materia de seguridad cada paso que gana el crimen, la autoridad requiere el triple de tiempo para recuperarlo.

Así que vayan haciendo sus cuentas para saber cuánto nos llevará a los poblanos recuperar la seguridad que Puebla ha perdido en estos tres años.

Después de todo esto, ¿realmente habrá quien siga pensando que “lo mejor está por venir”?