A ver si “la vaina en Colombia cambia”

  • Marcela Cabezas
Tras el Paro Nacional, hoy mi país se enfrenta a tiempos tempestuosos ante la disputa presidencial

Se avecinan tiempos tempestuosos en Colombia en la disputa presidencial por la Casa de Nariño marcada por una catarsis social preexistente, oportunismo político de los líderes mesiánicos que no abandonan la barca previamente hundida y una crisis económica que se avecina.

La polarización política es recurso común en la jerga de la ratio pública y, a su vez arma de doble filo: derecha e izquierda representan puntos antagónicos y radicales con una visión de país bien sea fascista y capitalista o comunista y benefactora - dicen- mientras que, el centro gatapardea entre uno y otro extremo en busca del justo medio, del “progresismo”.  Lo procedente entonces, sería alejarse de los extremos, más los tibios se encuentran divididos y según registros bíblicos, hasta malditos resultan ser.

La guerra fratricida entre liberales y conservadores que en los años cuarenta marcó la historia política de Colombia en adelante es también reflejo de la centralidad del poder y las complejidades regionales y territoriales: mientras los líderes de los partidos tomaban whisky en la capital, en el campo los campesinos se eliminan físicamente entre enemigos políticos fieles a los designios de los “jefes”. La célebre frase del cóndor, apodo con el que se conoció al miembro prominente de los Chulavitas, “es cuestión de principios” frente a las atrocidades de aquella época son muestra de esta situación.

Para muchos, el contexto actual hereda dicha polarización política sin distinguir en que el enemigo común eran los oligarcas políticos, mientras que, para otros el intercambio del poder entre los dos únicos partidos en la dictadura disfrazada en el período del Frente Nacional promovió la estabilidad institucional de la democracia colombiana, una de las más longevas en Latinoamérica según estudiosos de la política, y,  a su vez retórica bajo la cual los gobernantes “eternos” han justificado sus “descaches”.

Lo cierto es, que el sistema político colombiano ha estado constreñido y casi sin ningún cambio hasta hoy día: las mismas familias, gremios económicos y delfines políticos se encumbran y perviven en el poder cooptando todas las vías legales e ilegales habidas y por haber.

Reflejo de esto son los múltiples casos de corrupción sin condenas (Odebrecht, la Ruta del Sol, Reficar, los Programas de Alimentación Escolar, el desfalco en el Ministerio de las TIC, etc., etc.), la delegación a dedo de la contratación pública que hasta plagia tesis (caso de la presidente de la Cámara y otros) procurando el control de las ramas del poder ejecutiva, legislativa y judicial (inoperancia e inacción de estas en el contexto del Paro Nacional y en muchos más hechos dramáticos) e instrumentalización de las fuerzas armadas que, de vez en cuando, se alinean con grupos armados ilegales (caso del paramilitarismo y sus herederos,  las ejecuciones extrajudiciales, los asesinatos a líderes sociales, los hechos violentos frente a la protesta social, y la lista continua) y, el narcotráfico que atraviesa y alimenta todo aquello, ¡amarga condena! Tras la inolvidable frase de un expresidente “(…) todo sucedió a mis espaldas”.

A la luz de los hechos referidos y de muchísimos más, en Colombia persiste una fractura social de larga data alimentada por los gobiernos de derecha encabezados hoy por el eterno - en referencia al expresidente Álvaro Uribe que delega el poder a sus siervos en una relación de vasallaje-, siendo la corrupción en la arca pública exorbitante, la injusticia social, económica y judicial latente, el desprestigio en las instituciones, la desfinanciación educativa y el conflicto interno atizado desde bandos legales, ilegales y emergentes en referencia a los herederos de los grupos paramilitares, disidencias guerrilleras, delincuencia común, y el narcotráfico, mal eterno que nos condena y sigue condenándonos, ¡¿por los siglos de los siglos, acaso?!

A lo sumo, bajo el panorama expuesto: la llamada “coalición de la experiencia” de la derecha y ultraderecha colombiana no es más que el continuismo de lo que habido y hay hoy día, y mucho peor al profundizarse desde la centralización del poder y sus mafias en el gobierno actual. Por su parte, la “coalición de la esperanza” del centro no es más que el llamado a la cordura política –si acaso los políticos mesuran sus exorbitantes gastos-, sin ningún cambio en una democracia que se detuvo en el tiempo y se alimenta de los mismos réditos electorales bajo el hálito de estabilidad, renunciando por supuesto a reformas estructurales urgentes, y, con la vista puesta en alianza con la ultraderecha en un escenario de segunda vuelta.

Por su parte, el “pacto histórico por Colombia” de la izquierda –que por primera vez se muestra vigorosa- apuesta por una nueva visión de gobernanza en la que habrá más participación ciudadana, compromiso con la “paz”, mejor manejo de la cosa pública y un gobierno no arropado con las mismas cobijas de los “eternos”, algo buenísimo en medio de tanta desazón y descrédito de la política en el país.

A su favor diré, y aún con escepticismo, que por lo menos, aquéllos no serán los mismos con las mismas, y, que algo ha de pasar en este país que parece detenido en el tiempo: más pa’ trás que pa’ delante, y aún amenazado por una crisis económica en medio del panorama pospandémico, crisis ambiental y colapsos importantes en la dependencia extractivista.

La real politik bien sabe que no existe el justo medio y que el centro galantea con la derecha en aras de promover el continuismo y la estabilidad institucional “aparente”; a estas alturas, tras décadas de gobiernos de derecha y ultraderecha en uno de los países más desiguales del mundo, inseguros, con baja escolaridad y de desempleo, por nombrar solo algunos males, ¿qué más se podría perder?, si, en el peor de los casos llega al poder por primerísima vez un candidato no-alineado.

En últimas, las protestas sociales en el marco del Paro Nacional que se registró meses atrás a lo largo del territorio, aún presente en ciertos escenarios, evidencian el desgaste de la clase política gobernante y la necesidad de cambios sustanciales en la praxis política en el país. Ojalá y nuestros muchos muertos y desaparecidos bajo el estallido social sin parangón a lo largo del territorio colombiano, no queden simplemente en los anales de la historia política colombiana harto hastiada de violencia y muerte desde la conformación de la República, aún inacabada; tarea a la que se nos convoca – de alguna manera- en la álgida carrera presidencial.

 

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Marcela Cabezas

Magíster en Ciencias Políticas y politóloga colombiana. Catedrática y columnista en prensa independiente.