La discreta adicción al byte

  • Arturo Romero Contreras
Con los teléfonos inteligentes se colapsa la experiencia en un solo objeto

La información constituye un extraño mundo que no pertenece exclusivamente ni a la cultura ni a la naturaleza. Su reino es el de la estructura y lo hemos identificado históricamente con el nombre de “orden”. Lo contrario del orden no es el desorden, pues todo orden se destaca sobre el desorden, además de que uno y otro término son siempre relativos. El desorden social y económico, el desorden de nuestras vidas, el desorden. Lo contrario es lo indiferente, lo nulo. 

La matemática nos ha permitido avanzar diagonalmente por los dominios más diversos gracias a que nos vuelve accesibles patrones, órdenes, estructuras. Las diferencias que constituyen el universo combinatorio de las partículas elementales. La codificación de lo vivo en el código genético. El cerebro como sistema de codificación de la experiencia. La escritura humana como codificación de segundo orden. Se trata siempre de diferentes órdenes de escritura, lectura, copia e interpretación. Esta observación trivial debe hacernos patente la extraña relación que sostenemos con la información y la tecnología que la potencia. Nuestras dudas al acercar mente y cerebro son justificadas. Para algunos la mente se reduce al cerebro. Pero a una noción trivial de cerebro, nada más que una computadora húmeda. Del otro lado, hay espiritualismo, es decir, subjetivismo: existencia que sobrevuela la materia. Pero la subjetividad no existe sin soportes informáticos y materiales. Del otro lado, deberíamos escuchar atentamente lo que la ciencia nos revela sobre el cerebro y el cuerpo en general: su plasticidad inherente (tema sobre el que ha profundizado, por ejemplo, Malabou).    

Decimos que la información avanza diagonalmente a la naturaleza y la cultura no solamente porque la vemos operar en los regímenes más diversos, sino porque en nosotros mismos presenta un carácter dual. De la humanidad solemos subrayar, frente a los animales, su cualidad consciente y pensante. Pero no hay pensamiento que se pueda articular fuera del lenguaje. El lenguaje es humano. Puramente humano. Y, sin embargo, en cuanto sistema de información, contiene elementos que no son exclusivos de la vida: un código abstracto y reglas de funcionamiento automáticas. Una “máquina” formal (de Turing, podríamos decir) opera en nosotros, en nuestro lenguaje, sin que medie nuestra voluntad. No hacemos las reglas del lenguaje, ni tampoco las de su lógica (o lógicas). Pero en y por medio de esa máquina producimos sentido, elementos no-maquinales, no-algorítmicos. El lenguaje humano, cosa compleja, se entrelaza con esa máquina informática de la que hablamos, uniéndose a la memoria, a la sensibilidad, al cuerpo, etc. 

La cuestión se vuelve interesante cuando analizamos la realización que establecemos con la tecnología informática: computadoras, teléfonos inteligentes, televisiones y su enlace con internet y otras redes de comunicación. Te levantas, miras tu celular. O te llaman. O consultas tu correo. O respondes el mensaje que dejaste “en visto”. O consultas las noticias. O miras tu agenda. Es la inteligencia no del teléfono, sino de sus creadores: colapsar la experiencia en un solo objeto. Agenda, teléfono, máquina de escribir, correo. El mundo entero concentrado en un punto. Punto de acceso al mundo. Puerta de entrada. O estar fuera. El mundo ha migrado para muchos a su versión digital por medio de la captura de las cosas en un código informático, haciéndolas prescindir de sus soportes tradicionales. De las personas necesitamos una mera imagen (recortada de todos sus matices y su tercera dimensión) y su voz con una calidad mediana (que, sabemos, implica un recorte de muchas ondas “no esenciales”). De los libros guardamos las letras, sin el papel, sin el olor, sin el objeto. Ello porque hemos exprimido y seleccionado la información que consideramos relevante de la experiencia. Es lo que hace el pensamiento: seleccionar y codificar lo que vemos. Es lo que hace el lenguaje: codificar la experiencia. Por eso la tecnología extiende la mente. Ello no sería posible si dicha mente no constara en buena medida de procesos informáticos. Eso no quiere decir en absoluto que la mente sea una computadora. Pero hay algo de la computación en nosotros, algo que opera automáticamente, algo del orden de los códigos, de la copia y la lectura. Debemos pasar de la metáfora platónica de la memoria como huella en la cera a máquinas de Turing (computadoras formales que leen y escriben un código). 

Ahora, ¿qué es lo que se extiende de nuestra mente por medio de los medios informáticos? En primer lugar, la cantidad de cosas (“ítems”) que nuestra memoria a corto plazo no podría retener, las tareas por realizar, pero también las “notificaciones” o recordatorios para ello. La memoria a corto plazo es una memoria de trabajo y es limitada. Con la tecnología la expandimos, pero también la inundamos, aumentamos su espacio para mantener elementos flotantes, pero no para ordenarlos ni para procesarlos. El resultado es una contaminación de elementos ingobernables, imposibles de acomodar, que flotan en el espacio, pero que insisten. En el lenguaje de la informática existe el término “push”, que significa un comportamiento de presión sobre el “usuario” por medio de mensajes y recordatorios. Estas presiones (push) de nuestro teléfono inteligente se enlazan con las presiones sociales y las exigencias que tomamos como propias, para conformar un campo de demandas. Estas demandas, además, no pueden olvidarse porque la máquina nos las recuerda todo el tiempo. Una y otra vez. Toda memoria es biológicamente significativa, está ligada a lo relevante para la vida y la experiencia. Pero este soporte artificialmente extendido de memoria no se integra inmediatamente con la vida, sino que obedece a programación y algoritmos. El pensamiento obsesivo-compulsivo surge de estructuras de personalidad, pero también de estructuras sociales que bombardean a sus habitantes con mandatos y los colocan en una posición de ser observados, donde el costo por cometer un error es alto y no se puede fallar. El compulsivo no recibe tregua de su propia exigencia, que teme fallar, haber olvidado algo, que todo salga mal. La publicidad digital obedece algoritmos con una estructura afín a la obsesivo-compulsiva: un bombardeo repetitivo de exigencias, especialmente ahí donde vienen disfrazadas de un disfrute. Hasta eso se nos manda: disfrutar, divertirnos, gozar. El pecado es el aburrimiento.       

La música tecno o electrónica también se enlaza con y refuerza nuestros estados obsesivos-compulsivos. Cuando tenemos fiebre nos sentimos obnubilados mientras somos asediados por pensamientos que parecieran apuntar a algo importante, pero que no conducen a nada. Son cuasi-pensamientos, trozos de razonamiento autonomizados pero que persisten porque no los soltamos. Con la vaga expectativa de que ahí hay “algo” valioso, los alimentamos, los mantenemos presentes al darles vueltas. Semejante estado también nos asalta cuando vamos a la cama con alguna preocupación. No resolvemos el problema, no lo pensamos realmente, solamente tomamos trozos de él y le damos vuelta de manera abstracta y repetitiva. Nuestra vida mental se vuelve solitaria, pobre, repugnante, bruta y corta, como si fuera una naturaleza empobrecida. Este estado febril se ha vuelto más común de lo que creemos. La información que recibimos de todos lados, cambiante y repetitiva, ha terminado por normalizarlo. La música electrónica es la verdadera expresión de nuestro estado mental imperante, elaboración artística de nuestra condición. La tecnología “push” es la extensión del espacio de nuestra mente, estructurado para agudizar una condición obsesivo-compulsiva.

Sa ha acuñado recientemente el término “economía de la atención”. Ya los anuncios de calles y revistas competían por nuestra mirada, pero de manera muy circunscrita. El ruido visual de una megalópolis moderna es nada comparado con el ruido de los dispositivos conectados a la red. Por el oído, por la vista y por el tacto (la vibración y la ya no tan nueva función “touch” de las pantallas) acceden los dispositivos a nuestro cuerpo. Pero sus colores y su brillo no se parecen en nada a lo que nos rodea. Una vibrante sandía es pálida comparada con los colores de una foto saturada. Evolutivamente nuestro cerebro fue seleccionado para notar contrastes y para reaccionar ante lo nuevo. Es lo que capta su atención. Lo que lo mantiene en un objeto, en un campo, en un movimiento. La publicidad explota eso. Crea colores inéditos, combinaciones alucinantes. Ningún ojo había visto antes una imagen parpadear a esa velocidad. Las figuras rotan, cambian de color, se funden con otras. Todo eso mantiene al cerebro ocupado, lo encandila, lo hipnotiza, lo mantiene en vilo. Lo agota. Pero no puede dejar de ver. Es la versión no-figurativa de aquella escena de naranja mecánica, en la que somos obligados a ver. O mejor, nosotros nos obligamos a ver porque queremos. A veces queremos dejar de ver y decimos que no podemos. Pero no es seguro que queramos dejar de querer. Lo cierto es que ahí mismo, en el desagrado del estrés y en el extravío de la estimulación grosera, nos sentimos mejor que en el mundo cotidiano. Muchos descubrirán con la pandemia, quizá, el paradójico alivio que representa el poder descansar de los colegas, de su ambiente laboral, de su rutina. Ya no hay que decir: “estoy cansado para salir, mejor veamos algo en Netflix”. La arruinada vida sexual se parcha con pornografía. La insoportable conversación se evita respondiendo mensajes “importantes”. El tiempo largo y crónico adquiere puntos de referencia con los constantes mensajes de WhatsApp. El decepcionante espejo encuentra un sucedáneo en la cámara del celular que toma una “selfie”.    

En el capitalismo el fin es la obtención de plusvalor. Para ello es preciso vender. Para vender hay que publicitar. En la era digital y de las redes la publicidad funciona a la carta. No porque lo pidamos explícitamente, sino porque lo revelamos. Lo revelamos a compartir nuestra información, al regalarla: el tiempo que pasamos en tal o cual red, lo que buscamos en Google, las palabras más frecuentes en nuestros correos electrónicos. Todo nuestro comportamiento recopila nuestra información. La información es lo que introduce la asimetría capaz de decidir quién gana en el mercado. Para ello debemos ser mantenidos en una plataforma, una página, una aplicación, etc., el mayor tiempo posible. SE captura nuestra atención. Todos pelean por ella. Tus familiares, tus amigos, las empresas. Todos pelean por tu tiempo, tu atención, tu información. Tu tiempo es finito. Tienes que decidir. La publicidad no se asedia con preguntas como tu amiga. De hecho, sí, y peor, pero lo gozas, porque al usar una aplicación ya respondes mil preguntas. Pero ese no soy yo, dirás. Hay un deseo más allá de las identificaciones imaginarias de la publicidad. Nuestro deseo se hace ahí, en tensión con las demandas sociales, no más allá de toda sociedad, ni tampoco fundido en ella. Es decir, nuestro deseo está siempre entre el borde de la soledad y la comunidad. Pero, como dice Kant, la sociabilidad es insociable. Hay algo conflictivo en vivir con los demás. La publicidad borra al otro concreto que me demanda cosas concretas y se coloca como un carrusel anónimo de demandas. Las redes me exigen más que cualquier persona, me agotan y no me dan nada a cambio…excepto ahorrarme la insociable sociabilidad. La insistencia en la individualidad, en que mis deseos son inconmensurables con los de los otros, en que los demás son un infierno o meras pantallas sin sustancia, que el mundo es un sitio de inautenticidad, que la masa nos despersonaliza, que solamente yo me salvo en el heroísmo de mi desgarramiento social (yo, asocial, raro, diferente, revolucionario), que la imaginación es la que manda, que en mi diario íntimo se juega toda mi vida, que todo es asunto de sentido… ello se acopla bien con ese solitario consumista que somos. Soledad de masas, deberíamos llamarlo. Soledad que decimos compartir en una publicación de Facebook. Hay una brecha tecnológica, es verdad, pero hoy la red penetra más y más lejos conforme se abaratan los celulares. Se registran todos los movimientos bancarios, los apoyos gubernamentales, los registros de servicios públicos y privados y todo eso se integra en grandes redes, que se llaman big data. 

Se trata de captar, estructurar y cruzar información para obtener perfiles que predigan mi comportamiento. No es difícil. Somos seres de costumbres, repetitivos, parecidos en extremo a los demás, por más solitarios e incomprendidos que nos sintamos. Los algoritmos permiten predecir mi conducta mejor de lo que yo lo haría. Google completa mis frases, Facebook anticipa mis amistades, Amazon adivina mis gustos. Aciertan con gran precisión. Es fácil: si eres amigo de tal y de tal, es probable que quieras serlo de tal. Lo mismo con un producto, con una idea, con un pensamiento. Lo han investigado ya personas en Silicon Valley: la publicidad y el mercado digitales viven de cazar nuestra atención por cualquier medio y para ello se sirven de nuestra versión más pobre. Lo han llamado “downgrade” que no significa degradación sino desescalar la subjetividad: volverla más inmediata, más simple, más predecible. En la red somo nuestra versión en caricatura. Nos conformamos con menos: como dar un click, escuchar los primeros cinco minutos de una conferencia, leer el mero encabezado, contemplar una obra de arte tres segundos. El zapping de la televisión pasó al scrolling y de ahí al “swipe and tap”. Hicimos las computadoras para hacer caer a los otros en nuestras trampas y para ello, usamos cebo barato. Era de la seducción, como la ha llamado recientemente Lipovetsky. 

Las computadoras se volvieron expertas en analizar, descubrir y explotar las debilidades humanas. Es lo que hace un hacker con una computadora: un “exploit” es una parte débil en la programación de un sistema, por donde se puede acceder a directorios donde hay información sensible. El modelo consiste en hackear las personalidades explotando lo más elemental de nosotros. Eso elemental no es natural ni cultural, sino una región intermedia, que solemos identificar con lo inconsciente: algo entre lo autónomo y lo voluntario, entre lo propio y lo ajeno, entre lo sensible y lo inteligible. Un borde, pues. La publicidad que se diseña a la vez subjetiva y biológicamente, teje sobre este cerebro que compartimos con los reptiles, pero que se aleja de ellos por la gramática. Las máquinas se enlazan con la mente por la información y los códigos. Pero también con el cuerpo a partir de sensaciones refinadas, intensificadas, renovadas, inéditas. Es así que podemos encontrar la fórmula actual del capitalismo tecnológico en red: la adicción. El DSM V (manual de referencia para los trastornos psiquiátricos) desplaza los conceptos de adicción, así como de dependencia y abuso por el de “trastornos por consumo de sustancias”. El término debería incluir el consumo de sustancias que se agregan a los productos, pero también de las sustancias corporales que se inducen (aumentar niveles por estimulación, inhibición de recaptura, cofactores que alargan su vida o que aumentan su potencia). De este tipo de “patologías” conocemos las categorías: dificultad para el abandono de la sustancia, craving (deseo desenfrenado por consumirla), síndrome de abstinencia (síntomas corporales por la falta de la sustancia), tolerancia (decremento en los efectos sentidos bajo una misma dosis), lo que lleva a un aumento progresivo en las dosis para mantener los efectos. Pero se sabe también que dichos efectos no son meramente “orgánicos”, sino que se entrelazan con la vida misma del “toxicómano”. Cada quien escoge su droga: estimulantes, somníferos, relajantes, alucinógenos de acuerdo a su estructura de personalidad, el entorno, las circunstancias. En la publicidad hay también para todos y todas: para emocionarse, para relajarse, para “encontrarse”; para los que buscan entretenimiento o “cultura”; para heterosexuales, homosexuales, bisexuales. Pero el mecanismo es el mismo: probarlo una vez, amarlo, repetir, decepcionarse, aumentar la dosis, hacerlo costumbre, vivir decepcionado, pero a la espera de la siguiente dosis, comenzar a pagar los costos del consumo, etc. Dicha estructura biológico-psicosocial de lo que llamamos la adicción es isomorfa a la relación que tenemos con la publicidad y los productos digitales y en red. De hecho, la diferencia entre publicidad y producto se borra cada vez más. No sólo porque los productos solicitan más productos (expansiones, accesorios, combos, conectividad), sino porque cada producto hace promoción de otros. El mundo de internet no se sostiene por la publicidad genérica de la que echaba mano la televisión, sino de mecanismos personalizados, de modo que las empresas están a la búsqueda constante de patrocinadores-anunciantes.   

Las patologías de la época se siguen de nuestra relación con el universo mercancía-consumo-publicidad. Síndrome de déficit de atención con hiperactividad: es nuestra condición con los anuncios, pero también con nuestra computadora, que, con sus innumerables aplicaciones, nos interrumpe todo el tiempo: actualizaciones, expansiones, más aplicaciones, nuevas versiones, productos similares. Al correo y al teléfono nos llegan “promociones”, trátese del banco, de una tienda o de la misma universidad. Las noticias nos llegan siempre con grado de urgencia, como los mensajes. Esta perpetua interrupción es la de nuestra mente, su estado normal, por lo que cada vez le cuesta más trabajo estar concentrada, reposar en un objeto, una situación, una sensación, y contemplarla. Esta falta de atención es una hiperactividad (recordemos que la modernidad quiso hacer del sujeto actividad pura, que, unida al capitalismo lo vuelve hiperproductivo, hiperactivo). La fatiga por esta operación del cerebro se llama “burn out”, síndrome de fatiga crónica, incapacidad de descansar, de desconectarse del trabajo, pero, sobre todo, de la propia mente y sus apegos y aversiones. Los canales de YouTube, más flexibles que los de televisión, son clubes para diferentes síndromes y lo que cada uno de ellos requiere consumir: criticar, sollozar, conspirar, olvidar, reír. Siguiente patología, insomnio. Parece paradójico: el agotamiento debería llevarnos a un sueño profundo. Pero así como no paran de llegar las notificaciones, no paran de llegar los pensamientos a la cabeza: pequeños, triviales, repetitivos, neuróticos, obsesivo-compulsivos. Otra: fobia social, miedo a exponerse ante los otros (gracias a la facilidad con que podemos fabricar un “buen perfil” de Facebook o incluso de seleccionar una buena foto para WhatsApp). Puesto que vivimos en permanente estado de exhibición, salir a la calle, al bar, a la cantina, prolonga ahora el panóptico de nuestro goce: ser mirados. Pero ¿quién no teme fallar ahí? Por tanto: o el encierro o el alcohol para perder las inhibiciones, es decir, para adormecer al ojo que nos sigue.     

Muy fácilmente denunciamos la tecnología. Nos quejamos de control, del espionaje, de su uso dirigido a garantizar el rendimiento laboral, de cómo nos distrae, de cómo nos asedia con publicidad. Pero en todo ello disfrutamos. Una crítica de la tecnología no puede agotarse en los efectos nefastos que produce, sino en por qué la deseamos, por qué la alimentamos. La bestia no vive sin nuestra cooperación. Amamos odiar la tecnología y su alianza con el capitalismo y el consumo. Pero debemos una y otra vez reconocer por qué todos los días volvemos a invocar los poderes tecnológicos. Piensa si renunciarías a Facebook, a YouTube, a Tik Tok, a WhatsApp. No son las plataformas, es ser salvado de un mundo donde el horror crece por todos lados. ¿Quién podría soportarlo permanentemente sin una vía de escape? ¿Quién soportaría esta vida de aburrimiento en el trabajo y de explotación sin el universo de las fantasías? ¿Quién puede renunciar a la ficción, ese dominio intermedio entre los símbolos y las imágenes, en la cual podemos hacernos y deshacernos por identificación con personajes insólitos, cuando somos forzados a actuar nuestra caricatura todos los días? Se nos pide que no huyamos por las redes, pero ¿a qué quedarse, a qué regresar? Se nos dice que las redes destruyen las relaciones sociales y de pareja ¡¿pero cuáles: estas relaciones de pareja viciadas y amistades desvencijadas?! Se critica el narcisismo que alimentan las redes sociales, pero ¿no es el narcisismo una respuesta al despedazamiento de la subjetividad, al acorralamiento diario que nos condena a la impotencia y a la desaparición, a una condición de irrelevancia? El “mindfulness” nos dice: detente, respira, sal a caminar. Nosotros pensamos: si me detengo no acabo, si respiro me acuerdo de la contaminación, si salgo a caminar me expongo a la violencia. No hay modo de desconectarse de las redes sin un loco ideal, sin una absurda pasión por alguna causa aparentemente perdida, sin un injustificado amor por el mundo.  

Pero al lado de esta función de escape de un mundo sin redención, las redes operan en el borde, en la frontera entre la subjetividad y la naturaleza, en ese extraño dominio de las máquinas y la información. Tú no existes en todas las escalas. Tú eres tú en el nivel en el que puedes decirle “tú” a otra persona, a otro yo, o incluso ahí donde puedes responder, ser interpelado. Tus células no son tú, aunque contribuyan a que puedas serlo. Pero a la escala de las células no hay “alguien”, acaso componentes de un cuerpo. La publicidad ha operado históricamente apelando a la “subjetividad”, a la fácil identificación de un consumidor con una imagen: de éxito, de prestigio, de alguna cualidad en boga. Pero la publicidad se diseña ahora también en un nivel fisiológico. Los colores, los contrastes, los sonidos, la duración de los estímulos, la tasa de cambio de imágenes, la altura física a la que colocan tales o cuales productos en los estantes del supermercado. Todo eso busca tu captura como consumidor, pero no todo pasa por el lenguaje, por los símbolos y el mundo del sentido, sino que va directo a la estimulación corporal. Se trata de dominar los procesos de liberación, captura y recaptura de dopamina y probablemente serotonina y otros neurotransmisores. La textura de los alimentos. La fabricación de sabores de acuerdo con los receptores de la lengua. La operación del azúcar y la sal en el cerebro y los sitios de “recompensa”. Todo ello permite “evadir” el primer filtro de la mente. Los efectos son subjetivos. Claramente. Pero se entremezclan con accesos privilegiados a estructuras biológicas que también procesan información. 

Es un error pensar que el cerebro es la mente. Al nivel en el que estamos ahora en términos de conocimiento científico entendemos poco de la relación con funciones mentales superiores como para poder siquiera formular los términos de la relación mente-cerebro. A pesar de todo, es un error también creer que la subjetividad se encuentra absolutamente a salvo, más allá de toda ciencia, de toda realidad corporal, de todo mecanismo de la publicidad y toda intervención técnica. Nadie podrá tocar la esencia humana, se dice. Esto es un error. Actualmente contamos con una larga lista de desórdenes que afectan dimensiones lingüísticas estructurales y que se deben a daños cerebrales: desde las afasias, que pueden operar sobre la combinación de elementos lingüísticos en una frase o sobre la selección de palabras según su similitud, hasta el olvido de nombres propios, o de verbos, pero también dimensiones subjetivas, como la pérdida de la memoria a corto, pero no a largo plazo (o a la inversa), la personalidad múltiple, la despersonalización del esquizofrénico, etc. 

Es una ilusión constitutiva de nuestra conciencia creerse autónoma y autosuficiente. El psicoanálisis muestra que no somos conscientes de nuestros procesos psíquicos. Pero hay algo más. El psicoanálisis enseña hasta qué punto nosotros, seres con pensamientos y deseos, operamos gracias a una máquina: el lenguaje. Los neurofisiólogos pueden también mostrarlo. Cuando andamos en bicicleta no ponemos atención a cada movimiento muscular, el cuerpo “sabe” hacerlo. Es autónomo, porque los registros de memoria pueden ser accedidos sin el costoso gasto de recursos de la conciencia. Pero es una ilusión de otro orden el colocar la “subjetividad” por encima de la naturaleza. Por naturaleza no debemos entender la mágica unidad de fuerzas de una vida cósmica, sino diferentes entes, relaciones y procesos que en su mayoría no requieren de una mente consciente y agente. El hecho de que algo “hable” en nosotros, que nuestras posibilidades expresivas dependan de una estructura formal, nos muestran precisamente una actividad “naturalizada” de algo que no tiene nada de natural (el lenguaje). La línea que vincula naturaleza y cultura avanza en zigzag. Este es camino serpenteado de la vida humana que pasa de un lado al otro. Toda nuestra testarudez se deriva del hecho de pensar que la diferencia entre ambos es simple, que se puede estar simplemente de un lado u otro o, sobre todo, que existe una única diferencia entre esos lados: sea la oposición, la jerarquía, el paralelismo o la independencia. Podemos afirmar que existen todas ellas en algún tramo de su extraña frontera. Es decir: desde cierto ángulo hay una línea de continuidad entre humanos y animales, mientras que desde otro estos últimos se alejan, se diferencian tanto al no poder respondernos que nos dejan solos. 

Es un prejuicio suponer que solamente hay una dirección en la interacción, que iría del lenguaje al cuerpo. También el cuerpo produce lenguaje. Y también lo hace callar. El psicoanálisis insiste en la cura por la palabra. Muchas tradiciones occidentales comienzan al revés: por el tratamiento del cuerpo para aquietar el desorden de la mente, el apego a sus identificaciones y las demandas que se hacen a los otros, así como lo que se pretende exigir al mundo en cuanto a su ser. La meditación no comienza por hablar, sino por escuchar. Y no se escuchan las palabras, sino la respiración. La respiración es un borde. Por un lado, es automática, obedece al sistema simpático, como el corazón. El corazón no se olvida de latir. Tampoco se nos olvida respirar. Pero la respiración puede devenir consciente y hacerse objeto no sólo de atención, sino de control. Y así llega la serenidad. Sin palabra alguna. Las prácticas como el yoga, el Tai Chi, las artes marciales (Karate, Kung-Fu), el Qi Gong, escuchan las palabras, pero no se entregan a ellas. Se trabaja con el cuerpo y su propia “gramática”. La perfección de un movimiento lento no solamente “apacigua” o “relaja” los músculos. Esta es la visión “wellness”, la más pobre e instrumentalizada de las prácticas mental-corporales. Los movimientos del cuerpo y la relación con el propio cuerpo forjan un carácter y una posición respecto al mundo. El dolor, el sufrimiento, el esfuerzo, la constancia. 

Clamamos por mayor conectividad, para no perdernos de nada, al mismo tiempo que otra parte de nosotros grita desesperadamente por desconectarse. No se trata de un balance, ni de encontrar el punto medio. Se trata de nuestra relación adictiva, a la vez corporal y mental a la información que recubre los objetos, trátese de mercancías que compramos o de aplicaciones que utilizamos, o incluso de la infraestructura sobre la cual se desarrolla nuestra vida. Pero algo es claro: la exigencia de desconexión no es respecto a internet o la tecnología, sino de aquella jaula que nos hemos hecho para nuestro doloroso disfrute.  

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.