Distintas diferencias

  • Arturo Romero Contreras
Eterno retorno de la diferencia, donde nada regresa, excepto la diferencia misma

El XX fue, en primer lugar, el siglo de la diferencia. Diferencia significaba: lo otro (de la razón, de occidente, del ser, de la presencia, etc.), lo huidizo (es decir, lo que se escapa, lo que no podemos comprender, lo que rebasa los límites de lo decible y lo pensable) y lo múltiple (lo que no puede ser abarcado en ningún concepto, lo que nos desborda por sobreabundancia, lo que se dispersa).  Pero fue también, en segundo lugar, el siglo del perspectivismo: multitud de interpretaciones del mundo, multitud de valores de verdad, multitud de marcos conceptuales. Si ofreciéramos dos imágenes serían estas: la orilla del mar que apunta a un más allá insondable pero que, pese a todo, trae de vez en cuando tesoros a nuestras cosas; y el caleidoscopio, que multiplica las imágenes en un juego de espejos. Quizá podamos también incorporar lo del caleidoscópico al territorio de la diferencia, pues las perspectivas se relacionan entre sí a partir de sus diferencias: de ángulo, de recorte.

Resultaba entonces casi natural recuperar las diferencias en una hiperdiferencia, verdadero alga y omega de la nueva filosofía. Lo incómodo es que tal archidiferencia debiera ser única, debiera organizar el campo entero de la filosofía. Debía levantar sospechas que las diferencias: sexual (psicoanálisis), de clase (Marx), generacional (Ortega y Gasset) debieran o pudieran obedecer a un archiprincipio, pues la diferencia como principio es el principio que deja de serlo porque se multiplica. Su juego consistía en esto: buscar un primer principio para la filosofía y luego dividirlo, destazarlo, desmenuzarlo, para luego volverlo a reagrupar en una diferencia más “originaria”, que después debería volverse a despedazar. Eterno retorno de la diferencia, donde nada regresa, excepto la diferencia misma. Pero, en este procedimiento casi infantil, no nos veíamos muy lejos de los ciclos cósmicos de la antigüedad donde los dioses se divierten con crear y destruir el mundo, inventando cada vez nuevos seres, solamente para destruirlos en una nueva catástrofe. Recordemos los primeros humanos: de madera, de piedra, de agua, hasta que se hizo, finalmente, el de maíz, o el de barro. Este movimiento eterno de creación y destrucción no era, por cierto, muy distinto de la imagen romántica de la naturaleza como una fuerza ciega (llamada usualmente voluntad) que en su inquietud eterna creaba y destruía los seres. Así como la especie vive a través de los individuos, que ve nacer y morir, la naturaleza sería la madre que engendra y el padre que devora, una circularidad marcada por un cambio de sexo constante: siempre activa (produciendo los seres) y siempre pasiva (la única destinataria o receptora de sus acciones).

Era necesario invocar la diferencia, restituirle sus derechos en un sentido múltiple: como polémica, como desacuerdo, como apertura (posibilidad de que el mundo sea distinto), como crítica a la presencia (la afirmación de que el mundo no se agota en lo que es, sino que está en relación con lo que ha sido y con lo que puede ser, con lo ausente, pues), como trascendental (es decir, como explicación de la experiencia del mundo a partir del lenguaje y del sentido). Pero todo ello se ha agotado. Por sí mismo, sino porque el tiempo no ha dejado de pasar. Hegel escribe sobre la escritura en su Fenomenología del Espíritu y nos propone el siguiente experimento: anotar lo que vemos. Asentamos sobre la hoja de papel: “ahora es la noche”. A la mañana siguiente leemos nuestra frase y vemos que ha devenido falsa. Hegel concluye: solamente permanece el concepto: “ahora”, pero nunca el contenido específico: el día, la noche la tarde. Permanece el “aquí”, independientemente de que se trate de mi casa, de la calle, de la plaza pública. “Yo, aquí, ahora” no significa nada, o mejor, puede significar: cualquier persona, en cualquier lugar, en cualquier momento. Pero habría dos trampas: primero, que hay alguien que lee la frase la mañana siguiente y que declara su falsedad. Queda el texto, pero supone al que compara el texto en el papel con el texto del firmamento. Queda el sujeto, que no es texto, sino lo que circula enigmáticamente entre textos. Segundo: que no se puede decir nada si no se está en un lugar, en un tiempo y en una conciencia determinados. Por tanto, si los conceptos se vacían conforme se mueve el mundo, el mundo no deja de estar siempre en un sitio determinado. Podemos decir: todo cambia. Podemos afirmar, no hay más ley que el devenir. Podemos declarar: solamente gobierna la plasticidad. Pero no hay nada que pueda suceder fuera de una forma determinada. Para que haya ser debe haber duración. Ser es durar en un espacio. Pero nada puede estar en el espacio carente de forma. La materia entonces es una insistencia o persistencia bajo una forma determinada en un espacio durando en un tiempo. Lo decimos en el sentido más general del término. Sin pretensiones de precisión física.

Ahí encontramos el abismo “por debajo”. Pues no se puede retroceder más. Diferencia: el inicio de todo antes de que comience. Se trata no de la nada. O casi. Porque la diferencia es ya algo. O casi algo. Una pequeña asimetría en la nada. Es el instante intermedio entre nada y algo. Al inicio absoluto nunca se accede. Pero tampoco estamos fuera de él, en un terreno ya “constituido”. Estamos siempre en un inicio extendido, no-puntual. Pero, ¿debemos pensar que hay un inicio, un punto cero, una nada? Y si lo concedemos, ¿por qué debería tener más relevancia el inicio que el desarrollo? Es nuestra obsesión con el origen lo que nos orienta siempre al inicio y su mitología: origen, destino, incluso final. Pero el desarrollo es el sitio mismo del existir. El inicio es sólo eso, un inicio, un impulso, una asimetría, un punto en el espacio vacío, que no determinada nada. Es el diferencial con el que las cosas comienzan, pero todavía no ha comenzado nada. Deberíamos entonces pensar. Pensar más pausadamente sobre las diferencias. La diferencia entre el inicio y el desarrollo. Entre las condiciones y lo condicionado. Y deberíamos, sobre todo, dudar. Durar de que el inicio cuente ontológicamente más que aquello que se realiza sobre la marcha. No sería absurdo pensar que la diferencia tenga su propia historia, no la historia de sus “producciones”, sino su evolución propia. No debemos asumir que las diferencias que operan entre los átomos sean las que importan entre los seres vivos, ni las que tienen lugar en la escritura. Cuando Derrida escribe sobre la diferencia, lo hace sobre el terreno del lenguaje y su escritura, es decir, en el terreno que sirve de suelo material para el sentido humano. Pero, ¿por qué conformarse con este terreno de la cultura? ¿Por qué no sería legítimo atravesar otras diferencias? Hay diferentes diferencias. Hay una diferencia que difiere de sí, transformándose. Y hay diferencias superpuestas. Lo hemos dicho: diferencias simultáneas de sexo, de clase, de perspectiva. Y también: ¿es lo más simple lo más originario? ¿Explica lo simple lo complejo? ¿Hay algo verdaderamente “originario” que abarque, explique y engendre todo lo existente? Lo más simple es una diferencia binaria: sí-no. Más compleja es la combinatoria completa: sí, no, sí y no, ni sí ni no. Pero, ¿por qué detenerse con cuatro términos? Es decir, ¿por qué detenerse en un cuadrado de oposiciones cuando podríamos tener un hexágono o incluso un poliedro? Sigamos: ¿por qué pensar en una geometría tan obtusa para la lógica de lo existente? Si lógicamente nos comportamos frente a múltiples figuras geométricas donde se distribuyen, como en una rosa de los vientos, las posibilidades de tránsito (sí, no, tal vez; necesario, contingente, no-necesario), ¿no estamos también justificados a pensar una distribución más plástica de los lugares? Pensemos en un campo magnético donde las fuerzas se distribuyen como en un campo vectorial. Es decir, pensemos en un campo donde no nos movemos estrechamente según direcciones discretas (sí-no), sino en un espacio continuo y que además se extiende en varias direcciones. Así, estaríamos tensados no por la diferencia entre afirmación y negación, sí y no, ser y no-ser, yo y no-yo, verdadero y falso, sino por varios “atractores” que nos arrastran como fuerzas en múltiples direcciones y frente a los cuales inventamos nuestras formas de vida para no ser destrozados y seguir andando. En este sentido, no estamos constituidos por diferencias, sino que nos constituimos al circular entre múltiples diferencias.

El siglo XX, se obsesionó con la diferencia, pero sobre todo con el tiempo. La diferencia fue diferencia temporal: origen, destino, final, envío, recepción, herencia, historia. No hubo tiempo para pensar el espacio. La pregunta por el inicio de las cosas se convirtió en el origen del sentido de las cosas. Hay cosas porque las comprendemos. Y las comprendemos en el lenguaje. No podemos hablar del origen del lenguaje, pero sí del origen de las cosas en el lenguaje, en su “movimiento”. Así razonamos durante un siglo. Pero este “origen” fue un movimiento analítico, hacia “abajo”, hacia lo más elemental, lo primero. Ahora, resulta que lo primero no es todavía nada. ¿Qué son las cosas en su inicio antes de su desarrollo, antes de su historia misma? La historia es la historia de la con-formación. De la morfogénesis, de las metamorfosis, de la estabilidad estructural y de la destrucción.

Para que haya algo hace falta no solamente una diferencia, sino múltiples diferencias simultáneas, cooperativas o concurrentes, simultáneas o sucesivas. Es correcto lo que decía Derrida: siempre que hablamos de un inicio absoluto de las cosas: inicio del lenguaje, inicio de la conciencia, inicio del sentido, no encontramos nada elemental, sino siempre una “estructura”, un conjunto de otras “cosas” y un espacio que las hace posibles. Por ejemplo: descomponemos el cubo en cuadrados, los cuadrados en líneas, las líneas en puntos. Y al final decimos: la diferencia primaria es punto y ausencia de punto: nada y algo. Pero ese punto no está en el vacío, forma parte de un sistema, llamémoslo euclidiano por comodidad. Pero podría ser otro. Podría ser un mundo sin puntos. Podríamos decir también que no hay elementos primeros, que todo surge de la diferencia. Pero ¿qué es una diferencia no encarnada, que no juega y se conforma y se produce ella misma en y a través de lo determinado? Una diferencia puramente constituyente y que no se deja constituir, que no resulta del juego entre diferencias es una ficción. A veces pensamos: los elementos resultan de la diferencia, pero ya deben existir, debe existir algo para que haya diferencia. Se existe a través de las diferencias, de sus consistencias, inconsistencias e insistencias. A veces pensamos: si consideramos elementos primeros de las cosas (átomos, puntos, hechos, proposiciones) estamos seguros de poseen propiedades que les permiten combinarse con otras cosas y así construir seres de orden superior. Pero no estamos, no podemos estar seguros de que las “propiedades” las lleven los elementos y no sean ellas “descubiertas” por otros elementos. A tendrá ciertas propiedades con relación a B y ciertas propiedades con relación a C. Y si pensamos una potenciación de la diferencia, ¿no deberíamos reflexionar igualmente sobre la diferencia entre diferencias? No meramente sobre la identidad de la identidad y la diferencia o la diferencia entre la identidad y la diferencia.

Las cosas se fundan en una multitud de diferencias. Pero esas diferencias no deberíamos pensarlas siempre como un origen trascendental de las cosas, sino como

 Existir es circular por un conjunto de diferencias.

No hay, entonces, por qué privilegiar el camino de “descenso” o de “retroceso” que llevaría o elementos (que después armaríamos como un modelo para “construir” el resto de los objetos del mundo), ni a un principio último (así sea el “pseudoprincipio” de la diferencia). La idea misma de “retroceder” filosóficamente hacia lo originario (técnicamente: ir de lo constituido a lo constituyente) supone una jerarquía ontológica, una serie de capas que se ordenarían simplemente por su posición. La idea misma de diferencia supone una clara distinción entre lo continuo y lo discontinuo y entre lo elemental y lo compuesto. La diferencia entre puntos o entre significantes, ¿no exige un elemento último que pueda diferir de otro? Es decir, ¿no supone la tríada: lo uno, lo otro y la diferencia entre ambos? Pero este pequeño universo, es quizá ya un universo completo. Y seguro que hay otros. Expliquemos esto: en vez de descender hasta el “origen” de EL mundo, debemos movernos horizontalmente entre mundos y pensar no solamente UNA archidiferencia elemental, sino las diferencias dentro de cada mundo y las diferencias entre mundos (espacios, sistemas, universos) y sus modos de interconexión (que serán también múltiples).  Podemos pensar con la misma justicia un camino de ascenso, donde una misma diferencia es capaz de producir no solamente variaciones dentro de un tablero de juego (como la combinación de sonidos con los cuales conformamos nuestro sistema fonemático), sino nuevos juegos (no es el mismo juego combinatorio el de los sonidos que el de las palabras, que el de las frases, que el de los discursos). Hay, en cada nuevo nivel de organización (como en cada escala también) diferentes diferencias.

Diferentes diferencias, a la vez. No solamente una. No solamente en transformación (diferir de sí misma). Sino también y, ante todo, diferentes diferencias. Diferentes en diferentes sentidos. Quizá no deberíamos por ello hablar de lo diferente, sino de lo distinto. No de aquello que se escurre en el tiempo, sino de aquello que, también, se imbrica en el espacio y como espacio. Distinto: dis y tintus, empujar, presionar en diferentes direcciones, una suerte de saliencia de cualquier clase, es decir, de algo que sale, que emerge, que se deja notar, ver, sentir. Distintas diferencias: diferencias que emergen entre diferencias, que se hunden, que se funden o distinguen.  

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.