Lo amargo del dulce

  • Ignacio Esquivel Valdez
Esa noche era diferente, debían tomar una decisión importante

En famosa dulcería del centro de la ciudad, a las ocho de la noche se cerraban las puertas y se apagaban las luces. Los empleados colgaban sus delantales y guardaban sus cofias para vestirse de calle y dejar el lugar a solas.  Pocos minutos después de que eso sucedía, los dulces salían de sus estantes a charlar y contarse lo que habían pasado en el día.

Esa noche era diferente, debían tomar una decisión importante, pues el propietario, don Eusebio, debía elegir a uno de entre ellos, pero al no saber quién, les habló para pedir consejo. “¿Con qué dulce debo empezar?” preguntó a sus queridas golosinas y al retirarse, todo mundo saltó de sus exhibidores y acordaron seleccionar a alguien y dar su decisión a don Eusebio sin más demora al día siguiente.

Reunidos todos en el mostrador principal, rodearon un cajón de camotes para deliberar. “¿Algún voluntario?”, preguntó la cocada tratando de buscar alguna respuesta entre las miradas gachas. “¡Yo le entro! Si para morir nacimos, ya me enchilaron y a mí nadie me enchila en balde”, se oyó desde el fondo. “Cálmate ollita de tamarindo, tú naciste enchilado ya, por favor tamarindo con azúcar, llévate a tu hermano”, intervino la palanqueta.

La cocada volvió a preguntar “¿Alguna idea para hacer la elección?”. “Bueno”, dijo tímidamente un jamoncillo, “Y si lo dejamos a la suerte”. Entre murmullos, la aprobación fue unánime. El merengue propuso un juego de póker de cuatro en cuatro y el que tuviera la mejor mano se iba eliminado, así que colocaron cuatro tamborcitos de cajeta alrededor de la caja de camotes y sacaron una baraja.

Los primeros en jugar fueron la misma cocada, los macarrones, las pepitorias y los borrachitos, siendo estos los ganadores con una tercia de reyes, pero ya picados, querían seguir jugando con botanas, tragos y hasta pidieron un mariachi. Entre abucheos y empujones los sacaron de la mesa.

El relevo fue de la oblea, que iba muy confiada, pero la suerte no les iba favoreciendo, tres manos perdidas al hilo hasta que salió con una flor imperial. “¡Suertuda!” dijeron los asistentes. Ya se encontraban en la mesa el ate, el muégano, la alegría y el dulce de calabaza. Sus miradas eran concentradas y desconfiadas, “¿Cuántas cartas?” preguntaron a la alegría “Ninguna”, respondió.  el muégano pidió una mientras pensaba “Está blofeando, no deja de sonreír”. El ate pidió dos y el dulce de calabaza tomó una. El ate acomodó su juego y dijo “¿Quién va?, la alegría sacó un par de ochos, el ate una tercia de reinas, el muégano tenía una escalera y con mirada de satisfacción, el dulce de calabaza mostró su póker de ases. “¡Eres un tramposo!”, le dijo el muégano y acto seguido se le fue encima a golpes, los otros dulces los separaron y se llevaron al rijoso para que una jalea lo calmara.

El juego siguió con la alegría que no dejaba de sonreír, la palanqueta, un higo cristalizado y el merengue, que se veía seguro de sí mismo. Tras tres juegos, la alegría volvió a perder, lo que provocó que se escuchara en el aire “Pobre, juega tan mal que seguro le va a tocar”. Calmado el muégano regresó a enfrentar su destino con la alegría y la charamusca, quien con dificultad tomó sus cartas y con cara de angustia miró su juego. El muégano pensó “Este par de payitos me los echo a la bolsa”. Al mostrar su juego el muégano tenía un doble par, la charamusca mostró una tercia y fueron superados por un póker de nueves de la alegría. “Increíble” dijeron los asistentes. La charamusca se desvaneció mientras el muégano palidecía ante su suerte.

Luego de una pausa, y ya recuperada la charamusca, se volvieron a sentar al juego final, ambos contendientes se mostraban nerviosos. La chamusca pidió un cerillo para su cigarro. Las cartas se repartieron. Las miradas se concentraron en ellos y ellos en su juego. Las volutas de humo proveían un ambiente tenso donde el paso del tiempo parecía ir más lento. “¿Cartas?” preguntó el muégano “Dos, por favor”, dijo la charamusca quien al ver su juego espetó un “¡Ah!” de angustia. El muégano pidió dos cartas y tras acomodarlas mostró una corrida, mientras que la charamusca tenía una tercia de 6, un tres y un dos. Se sintió tan decepcionada que pensó en abandonar la partida y declararse perdedor, pero le convencieron de sacar al menos una carta más. El muégano miraba la mesa con aires de triunfo y los asistentes ya compadecían a la charamusca quien recargando la cara en una mano y sacando apenas una carta de la baraja con la otra dijo exhalando alivio “¡Llegó!”, “¿Quién llegó?”, dijo el muégano, “¡Llegó el otro tres para hacer un full!”.

Los reunidos no daban crédito a lo que veían, “¡Qué bárbara!” gritaban mientras felicitaban a la charamusca al tiempo que consolaban al muégano. La cocada se acercó y dándole unas palmaditas en la espalda le dijo al perdedor “No es para tanto amigo, considérate honrado de ser aquel que don Eusebio necesita”, “¡Pero es que no quiero!” dijo llorando el muégano y luego de calmarse un poco se dirigió a la concurrencia, “Todos hemos sido concebidos, engendrados y páridos con el azúcar, es nuestra esencia, nuestra alma, si al menos se usara por un poco de miel de maguey estaría bien, pero ¿Qué necedad de que seamos hechos con endulzantes dietéticos? ¿Por qué el cielo permite eso? ¿Por queeeeeé?” y dicho esto, con las manos en el rostro, se metió a una bolsa de papel.

 

 

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Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas