Sin orden ni prioridad

  • Juan Ernesto López Martínez
La vida obliga a aprender las formas de recibir el llamado de la muerte

*Lic. Juan Ernesto López Martínez

 

La conciencia de la muerta llega para nunca olvidarse. Es fácil recordar con precisión el momento en que caímos en la cuenta de que también moriríamos. Podemos recordar el día, dónde estábamos, qué hacíamos o algún detalle muy preciso cuando dijimos: yo también me voy a morir.

El hombre es el único ser vivo que tiene la capacidad de ser consciente de su mortalidad. Los animales no saben que van a morir. Sienten dolor, expresan tristeza, pero nunca son conscientes de su mortalidad.

La conciencia de mortalidad es un llamado a la realidad. En mi caso toda esta conciencia se presenta como una llamada de teléfono. La primera, el día en que muere mi padre. Soy el último en una familia de 10 hijos. A los 3 más chicos nos resguardan quizás para “protegernos” y evitar el encuentro con esa realidad.

Aunque mi padre fallece en casa y no en un hospital, el resto de la familia consideró mejor evitarnos vivir la realidad a los 9 años que yo tenía. La muerte ya no es parte de la vida diaria, se lleva a los hospitales. Es extraño, esta fuga funeraria se contrapone con la violenta realidad de asesinatos, violencias y muerte que vemos en las noticias y en las calles.

El teléfono suena en la casa de Luis, hermano mayor donde nos llevaron para evitar la experiencia del deceso. Su esposa abre la puerta y se asoma para dar la indicación: no levanten la extensión. Según ellos era mejor no escuchar. Minutos más tarde caminamos a casa y mi hermano va tratando de explicar la muerte. Eso no se explica, eso no se entiende. No puedes explicar lo que no se vive. Se vive el morir y eso lo vivió mi padre, que ya no puede explicar nada.

El siguiente llamado de la muerte vino 15 años después. Un llamado esperado y hasta deseado. Anunciaba el final de mi madre, tres meses después de estar en coma por un derrame cerebral. Difícil desear la muerte para un ser querido. Una vida ya no es vivía así.

Veinte años después una llamada más de la muerte. Esta vez era el turno de Luis, el 2º en la lista de los 10. Cuando sabes de la muerte y lo que es morir, comprendes que no hay turnos ni orden. Nadie se va ni antes de ni después. La muerte es el evento más ordenado y preciso en su aparición, aunque no en términos existenciales. Nada asegura que los turnos de la muerte toquen en el mismo orden de como llegamos a la vida.

El siguiente llamado de la muerte vino frente a frente, viendo a los ojos. Esta vez me tocó acompañar en su último suspiro a Chepinita, mi suegra. Ella vivió con nosotros, mi esposa y yo, los últimos 6 años con Alzheimer. Dije vivió, pero no estoy seguro de que eso pueda llamarse vida. “Morir antes de morir” dice Arnoldo Kraus “el tiempo Alzheimer” en el título de uno de sus libros.

El momento culmen de esta experiencia de vida y muerte fue estar ahí para ver cómo se apagó la vida de Chepina. El acto de mayor soledad vivido por el hombre es morir. No hay forma de acompañar al que muere, solo mirar a los ojos y hablar suavemente. Lo único que hice fue acompañarla hasta donde su vida me permitió. Tomar su mano, verla fijamente a los ojos y hablarle con el corazón. No se puede hacer más. El ser humano muere solo.

Doblemente solo cuando decides morir por tu propia mano. Así fue la muerte de mi nieto Andrés, el día de su cumpleaños 17, un 21 de septiembre de hace 9 años. Otra vez, el llamado de la muerte llega en una llamada de teléfono. Eran pasadas las 23 horas cuando suena el teléfono. Yo casi para dormir, escucho la voz de su madre que, entre llanto y desesperación, me dice: se murió, se murió; se suicidó, Andrés se suicidó.

Cada llamada de muerte recibida revela algo. Esta última es la más ininteligible. Imposible hablar del suicido en general, sin caer en juicios inmorales. En el caso del suicidio de Andrés sostengo, fue un acto de inmolación como ofrenda a la vida, la felicidad, la fiesta, a la vida que siempre deseó. El suicidio para darle la vuelta al sufrimiento.

A principios de este año 2020 llegó la llamada sosegadora de la muerte de María mi hermana, número siete de la lista de hermanos. Después de un lento deterioro cerebral de diez años es una muerte que duele, pero libera. Otra vez pude ver la nada del óbito en los ojos de Mary. El encuentro familiar para el evento mortuorio es necesario y conveniente. Los seres humanos necesitamos la danza funeraria para ver cara a cara el anuncio de nuestra propia muerte.

El más reciente llamado de muerte vino una madrugada de esta pandemia, en confinamiento. Dije el más reciente y no el último. Mientras haya vida escucharemos el llamado de la muerte, el día que dejemos de escuchar su llamado, significa que el llamado fue para uno mismo. El número 6, Salvador, en la lista de hermanos fue presa del Covid, así que la danza funeraria no pudo realizarse como dictan los cánones del duelo. ¿Cómo asumir la realidad de una muerte que se vive a la distancia?

La vida obliga a aprender las formas de recibir el llamado de la muerte. No hay mejores o peores, todas son nuevas y diferentes. El tema es que no podemos dejar de escuchar la voz, el susurro de la muerte que en cada momento de la vida resuena en nuestros oídos. Con conciencia o no, la muerte está ahí para todos. Sin orden, ni prioridad.

 

 

*El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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Juan Ernesto López Martínez

Licenciado en Filosofía por la Ibero CDMX. Maestría en Docencia por la Ibero Puebla. 34 años de experiencia académica y docente en Bibliotecas del Sistema Universitario Jesuita.