FRENAA y el odio político

  • Juan Luis Hernández Avendaño
Se debe analizar qué tanta ingobernabilidad es aceptable con polarización

La polarización es el envenenamiento de la vida pública. Los polos de la polarización se nutren mutuamente, no existe el uno sin el otro. Con discursos diferentes se asemejan en modos, se parecen en sus tácticas. López Obrador fue la respuesta social y política a la oligarquía política y económica que concentró el poder y la riqueza nacional las últimas décadas. En las tres campañas presidenciales las élites económicas hicieron lo imposible para que AMLO no llegara a la presidencia, estaban cómodas con el régimen de privilegios, intuían que cambiarían las reglas del juego político para ellas. El régimen kakistocrático perdió sus bases de legitimidad y no pudieron evitar la llegada del tabasqueño al ejecutivo federal 

Desde la narrativa presidencial se ha privilegiado el discurso polarizante, no sabemos aún, si por naturaleza conflictiva o por intuición política. Y su polo agitó al otro polo. Las élites económicas ahora están en la oposición, financian medios de comunicación, campañas en redes sociales, esfuerzos de nuevos partidos como el de los Calderón/Zavala, y, lo más exitoso hasta ahora en términos de visibilidad política, al movimiento FRENAA (Frente Nacional Anti-AMLO). 

Tiene muchos años ya que el campo simbólico de la política se juega en el terreno de lo anti. Las campañas políticas se han convertido en campañas del lodo, los asesores de los candidatos están convencidos que la mejor estrategia es ensuciar, calumniar, destrozar al adversario, más que hacer una campaña de propuestas. Las redes sociales han agregado el componente de las narrativas de odio e intolerancia ante ideas diferentes. El resultado de nuestra coyuntura política no podría ser más salvaje, caótico y destructivo.

FRENAA se ha presentado a la opinión pública con un discurso religioso anticomunista de la década de los sesenta. Se moviliza para que López Obrador renuncie antes del 30 de noviembre. Su energía vital está en el odio profundo que sus seguidores le tienen al presidente. Ese odio no nació ayer. En realidad ha estado presente desde que López Obrador está en la vida pública agitando el discurso anti oligárquico, anti ricos, y éstos han recuperado la conciencia de clase para defender sus intereses ahora desde la calle, las redes sociales y los medios de comunicación. Lo que hemos podido escuchar de quienes nutren el campamento de este movimiento en la Ciudad de México, parece por momentos significarse en un odio de clase, semejante a lo que ocurrió en Bolivia con las élites políticas blancas que no podían tolerar que un indígena ganara la presidencia.

La política de la polarización ha evidenciado el México de la desigualdad, pero sobre todo, el México que no sabe discutir públicamente con criterios civilizados, con perspectiva de acuerdos, con horizontes de dejar la puerta para otros diálogos. El terreno parece propicio para que no exista en el plano espacial el otro. Al otro hay que eliminarlo, sería la consigna. FRENAA es el espejo de López Obrador y éste es el espejo de aquél. Pareciera que ambos se necesitan. Desde la presidencia es útil una oposición que por momentos parece moverse hacia la ultra derecha, espectro que siempre ha estado en los márgenes de nuestra vida pública pero que hoy ha salido sin rubor a disputar la interpretación de la realidad. Una oposición así, de clase, odiadora y con perfil ideológico de la guerra fría no alcanza hoy para disputar el poder pero sí parece que servirá como catalizador de los que siempre han odiado a AMLO y sus políticas sociales orientadas a los pobres.

El presidente ya tiene su némesis, y FRENAA ya tiene su objetivo odiado para movilizarse y movilizar a otros. Como todo movimiento, su éxito, crecimiento o fracaso dependerá de lo que haga el otro polo, de una coyuntura que lo sepulte o lo empodere. Lamentablemente para la vida pública del país parecen prosperar los adjetivos calificativos, el oprobio en la palabra y los deseos más inhumanos frente a los otros, deteriorando significativamente la convivencia social, ya de por sí rota por las violencias múltiples que experimentamos.

La presidencia tendrá que hacer pronto un balance de qué tanta ingobernabilidad es posible aceptar en la polarización. La presidencia tendría que ser un factor de reconciliación, de diálogo y de construcción de acuerdos con tirios y troyanos, haciendo fuerte el estado de derecho justo para que las oligarquías estén sujetas a la ley y a sus deberes fiscales y laborales. El odio político es un ejemplo de sociedades precarias, sin solidez educativa ni mínimos valorales. Las sociedades que no detuvieron a tiempo la hegemonía del odio político y social, terminaron en guerras civiles. Ojalá algo hayamos aprendido de la historia.

*Politólogo, Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Ibero Puebla.

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Juan Luis Hernández Avendaño

Politólogo, profesor investigador de ciencias políticas de la Ibero Puebla