López y sus fantasías

  • Raúl Espejel Pérez

En vez que el martes 1 de septiembre el Presidente de la República diera a conocer a los mexicanos el informe anual que le mandata la Constitución Política acerca del “estado general que guarda la administración pública del país”, el viejo líder contestatario de siempre, Andrés López Obrador, muy a su modito, durante cuarenta y cinco minutos que parecieron cuarenta y cinco horas, escenificó la homilía mañanera número 443, en el Palacio Nacional, donde se dedicó a lanzar acusaciones, calumnias, difamaciones, satanizaciones, mentiras y engaños a diestra y siniestra y, sobre todo, a autoaplaudirse a placer.

La autocrítica por la pésima forma como ha manejado el problema de la pandemia del Covid-19 y el compromiso de enmendar sus malas decisiones gubernamentales que han dañado la economía nacional, así como el reconocimiento de su fallida estrategia, para combatir la inseguridad pública y la violencia, fueron elementos que estuvieron ausentes en la prédica presidencial.  Presentes, estuvieron, eso sí, en primer plano, su megalomanía, arrogancia y su inseparable soberbia. 

Causó asombroso impacto emocional entre los televidentes que lo vieron y los radioescuchas que lo oyeron, cuando el mandatario tabasqueño aseguró que él es uno de los dos mejores presidentes del mundo. En caso que fuere verdad esta alucinación, el otro mejor presidente, tendría que ser necesariamente Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Donald Trump y Jair Bolsonaro, porque estos dos últimos, junto AMLO, son los tres presidentes que peor han manejado en el  planeta el problema del coronavirus.

Al iniciar su homilía, López dijo que fue “de los primeros (políticos) en sostener que el principal problema de México era la corrupción y que ahora (siendo presidente de la república) no tiene la menor duda que la peste de ese mal originó la crisis de México. Por eso, afirmó, que se ha propuesto erradicarla por completo y que está convencido que, en estos tiempos más que en otros, transformar es moralizar”. Aunque ya demostró su moralización no alcanzará a su consanguíneo  Pío López ni a David León.

López pasó por alto que su hermano Pío, en pleno período electoral de 2015, al recibir dinero de manos de  David León, colaborador del entonces gobernador de Chiapas, Manuel Velasco, cometió la misma falta que Emilio Lozoya cuando, en 2012, recibió dinero de la empresa Odebrecht para la campaña electoral de Enrique Peña Nieto. Con la salvedad que en el caso de su consanguíneo, AMLO aclaró que no se trató de un acto de corrupción, sino de aportaciones voluntarias que donantes anónimos hicieron voluntariamente para apoyar a Morena y en el caso de Lozoya, la intención fue diferente porque se trató de un vulgar acto de corrupción. Dicho de otra manera lo que en el pariente es honradez, en el adversario es corrupción.

Mañosamente omitió reconocer que su propósito moralizador ha fracasado rotundamente a lo largo de sus casi dos primeros años de gobierno, debido a que, ahora, con él al frente de la presidencia de la república, la corrupción es mayor que en tiempos del neoliberalismo y conservadurismo.

Sin embargo, tuvo la ocurrencia de pronosticar, ilusamente, que su gobierno no será recordado por corrupto, porque, según él, su principal legado será purificar la vida pública de México.

Alardeó que la austeridad republicana es una realidad. Pero tuvo la precaución de no mencionar que esa sobriedad económica ha consistido en reducir las partidas presupuestales del sector salud destinadas a comprar medicinas, mejorar instalaciones médicas y adquirir equipo médico.

La republicana austeridad también sirvió de pretexto al gobierno lópezobradorista para reducir, arbitraria e ilegalmente, en dos ocasiones, los salarios del personal de confianza y también para tomar por asalto, anticipadamente, su aguinaldo que recibirían dentro de tres meses.

¡Son hechos, no palabras! Afirmó, ebrio de orgullo y satisfacción el mesías de Macuspana.

No obstante que el moralino (falso moralizador) presidente López no hizo nada ni ha hecho nada, absolutamente nada, para contener la propagación de la pandemia y mantenerla bajo control para reducir los volúmenes de contagios y fallecimientos y cuando ha ahuyentado a inversionistas privados y los índices de inseguridad pública y violencia se incrementaron con su arribo a la presidencia del país, el presidente López tuvo la desvergüenza y el cinismo de proclamar “Que no es por presumir pero que en el peor momento, México cuenta con el mejor (sic) gobierno”.

Esta afirmación de AMLO, carente del menor sustento, constituye una falta de respeto de su gobierno y, particularmente de él, que por su negligencia e ineptitud, es responsable, en buena medida, que con cifras registradas a las 12:28 horas del día 7 de septiembre, tengamos en el país, 634,023 personas contagiadas (que representan el 2.33% de los 27’200,943 personas portadoras del coronavirus a nivel mundial) y 67,558 fallecimientos (que representan el 7.592% de los 889,842 muertes ocurridas en el mundo) y que México ocupe el cuarto lugar en decesos, después de Estados Unidos, Brasil e India. Estas cifras son producto natural del que se autonombra mejor gobierno que tenemos en el peor momento por el que atraviesa el país. En la inteligencia que estas cifras son las que proporcionan los gobiernos a la Universidad Johns Hopkins. En el caso de México, para aproximarnos a las cifras reales, los expertos en estadística médica recomiendan multiplicarlas por 3 o por 3.5.

Otra parte de su apológica homilía la utilizó López, para señalar que “la emergencia sanitaria mundial vivida este año ha planteado problemas muy graves para todos los países y nos obligará a todos a repensar y a cambiar muchas cosas”. Por el bien de México, debemos aprovechar la coyuntura de la revocación de mandato para que en marzo de 2022 cambiemos de presidente de la república.

López Obrador resaltó, en otra parte de su discurso informativo que “Este año,  (…) se han destinado a estos programas (sociales) 115 mil millones de pesos en beneficio de 9 millones de personas. No es un gasto sino una inversión; no son dádivas, es justicia”.

Con la finalidad de conocer la cantidad de dinero que asegura López entregó mensualmente su gobierno a cada una de las personas beneficiadas con sus programas asistenciales ─no sociales como alegremente les llama─ efectué una operación aritmética que consistió en dividir 115 mil millones de pesos entre 9 millones de receptores y el resultado es que cada uno de ellos presuntamente  recibió mensualmente mil 64 pesos 81 centavos.

“Con el apoyo de los trabajadores y los técnicos de Pemex y de la Comisión Federal de Electricidad, estamos rescatando a estas empresas públicas, haciéndolas más eficientes, limpiándolas de corrupción”, aseguró el presidente López.

AMLO tendría que explicar cómo va a limpiar de corrupción en la CFE teniendo como director de esa empresa estatal a un individuo corrupto como el ejecutor del mayor fraude electoral que se ha cometido en toda la historia de México, Manuel Bartlett Díaz.

López Obrador, en el libro Entre la historia y la esperanza, señaló en 1995 como corrupto a Manuel Bartlett Díaz debido a que en unos terrenos de su propiedad, situados en Villahermosa, Tabasco, se emplearon fondos públicos para urbanizarlos en la época del gobernador Mario Trujillo García. Hoy, ese individuo corrupto, es uno de los colaboradores más cercanos y de mayor confianza de quien supuestamente está combatiendo la corrupción que asfixia al país. ¿En qué basurero tiró López su proclama de que sus colaboradores deben ser 90% honestos y 10% eficientes?

Ya metido en su burbuja de ilusionismo, el señor López informó, a tambor batiente, que su gobierno está sembrando “más de mil millones de árboles frutales y maderables”. Cifra estratosférica difícil de creer, demostrar y comprobar.

“Estamos avanzando en el combate a la delincuencia. Hemos establecido una nueva estrategia que empieza por procurar trabajo, educación y bienestar a las personas que están en riesgo de ser reclutadas por los grupos delictivos, especialmente, jóvenes”, declaró AMLO.

Esto no es cierto. Es falso de toda falsedad.

La problemática de la delincuencia no se resuelve, como pretende López, repartiendo ayudas económicas y educación a los delincuentes, menos aún con besos y abrazos. Tampoco acusando a los delincuentes con sus mamacitas. La delincuencia, ─organizada o desorganizada─, se combate y se abate erradicando la tolerancia y la impunidad. Apresando y aplicando irrestrictamente la ley a los delincuentes.

Cínicamente miente el presidente de la república al afirmar que “Casi en todos los delitos ha habido disminuciones en comparación con noviembre de 2018. Hay menos secuestros, feminicidios, robos a transeúntes, a transportistas, robo de vehículo, robo en trasporte público colectivo, robo en transporte público individual, robo a negocio y robo a casa habitación, en todos ellos se ha registrado una baja del orden del 30 por ciento en promedio”.

Todo mundo sabe  que es, precisamente, durante su administración cuando la delincuencia se ha incrementado exponencialmente porque su estrategia para combatirla es comprobadamente ineficiente y fallida.

López reincidió en mentir al afirmar que ha cumplido su promesa de impulsar la verdadera independencia de Fiscalía General de la República. Hoy esa institución está peor que nunca. La autonomía que refiere el presidente de la república es inexistente. Su supeditación al presidente es escandalosa. La intervención del jefe Poder Ejecutivo Federal en el caso de Emilio Lozoya así lo demuestra. Desde el púlpito de sus homilías mañaneras AMLO maneja electoralmente, a ciencia y paciencia del fiscal Gertz Manero, el caso de Emilio Lozoya.

Algo funciona mal en la cabeza del presidente López, porque su fantasiosa mente le hace creer que ve fantasmas en todas partes.

Denunció en su perorata del 1 de septiembre que “Hoy, algunos críticos piden que se gobierne en sentido distinto, que prescindamos de nuestro ideario y de nuestro proyecto, que apliquemos recetas económicas contra las que hemos luchado o que seamos tolerantes con la corrupción que nos propusimos erradicar. Piden, en suma, que yo traicione mi compromiso con la sociedad, que falte a mi palabra y que renuncie a mi congruencia. Y eso no va a ocurrir”.

Hasta ahora, no se sabe que algún crítico haya formulado semejante petición al incorruptible Sr. Presidente López.

Finalmente el mandatario tabasqueño proclamó que “Desde Francisco I. Madero, nunca un presidente había sido tan atacado como ahora; los conservadores están enojados porque ya no hay corrupción y perdieron privilegios”.

Ciertamente López es el presidente más criticado no el más atacado, como él dice. Pero las críticas periodísticas que se le hacen no son infundadas, ni tampoco injustas ni inapropiadas. Sino todo lo contrario. Son resultado lógico de los frecuentes errores y absurdas ocurrencias que comete y por su soberbia no reconoce.

En los países democráticos eso ocurre y nadie se asusta ni se queja como lo hace López Obrador.

                                               

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Raúl Espejel Pérez

Ha colaborado como articulista en la revista Jueves de Excélsior, El Universal de México, El Universal Gráfico, El Universal de Puebla, El Día, Nueva Era de Puebla y la revista Momento de Puebla (versión impresa y digital).