Canta y no llores

  • María José Zapata Moreno Valle

Generalmente, todos los mexicanos al escuchar la frase “canta y no llores”, recordamos la canción de Cielito lindo, en donde parte de su letra expresa que ante las adversidades siempre es mejor tener una buena actitud con la cual podremos sobreponernos con mayor facilidad a cualquier situación que se presente.

 Lo anterior, es un ejemplo de cómo cultural y socialmente, estamos constantemente expuestos a mensajes que nos orientan hacia este tipo de ideologías positivistas; sin embargo, contario a lo que muchos pensarían (y aunque suene irónico), el ser positivo también tiene su parte negativa.  Si bien, el pensar de forma optimista puede traer consigo muchos beneficios, también puede llegar a ser algo nocivo si esto se presenta de forma extrema y desmesurada. Con ello, me refiero al positivismo tóxico, el cual se caracteriza por un estado de felicidad incesante que es generalizado y percibido como indispensable en cualquier tipo de situación; empero, en el trasfondo de este estado de armonía excesiva se presenta una invalidación, negación y minimización de la auténtica experiencia emocional humana.

“No te preocupes, sé feliz”, “no pienses mucho en ello y mejor sé positivo”, “podría ser peor”…  son frases que comunmente hemos escuchado en alguna ocasión de nuestra vida o inclusive las hemos dicho a otra persona; sin embargo, a pesar de que no es con mala intención, este tipo de comentarios podrían tener un peso más fuerte del que creemos e incluso repercusiones de las cuales no nos hemos dado cuenta y que aún así se encuentran presentes en nuestra cotidianeidad. Algunas de ellas son: descartar o ignorar una situación que nos molesta, sentirse culpable por tener ciertas emociones/pensamientos, avergonzar o minimizar las experiencias de otros cuando éstas no son positivas, etc.

Parte de nuestra experiencia emocional humana, implica la existencia de diversos sentimientos , tanto los que son agradables para nosotros como aquellos que no lo son. Es completamente normal sentirnos algunas veces enojados, temerosos, preocupados, frustrados… y es muy importante también aceptar estos sentimientos porque nos están indicando algo de nosotros mismos. Asimismo, al negar la existencia de ciertas emociones, caemos en un estado de represión y negación, en donde se puede llegar a estados de estrés, ansiedad e incluso enfermedades físicas que se dan como consecuencia de evitar reconocer y verbalizar nuestros sentimientos.

Por otra parte, así como es importante aceptar, expresar y trabajar con nuestros sentimientos, también lo es reconocer y validar los de otras personas, dado que forzar una perspectiva positiva en el otro, es animarlo a guardar silencio sobre sus luchas, y esto, además de generar vergüenza, también podría ocasionar aislamiento al no poder mantener un espacio en donde  pueda expresarse con libertad. De la misma forma, muchas veces se tiene la idea errónea de que cuando alguien está pasando por un momento difícil, lo más acertado es animar a esa persona con mensajes positivistas como “ánimo, échale ganas” o el típico “no llores por eso”; pero, lo que en realidad necesitan y que es mucho más fructífero, es simplemente tener alguien que los escuche y comprenda.

Finalmente, retomando lo abordado con anterioridad, es pertinente recordar que las experiencias y sensaciones “negativas” son algo que inevitablemente tendremos que afrontar en nuestra vida, por lo que cualquier intento de evadir dichas situaciones, tendrá un efecto retroactivo causándonos a la larga mayor insatisfacción, estrés, entre otros. Evitar el sufrimiento es otra forma de sufrimiento, así como ocultar lo que es vergonzoso es otra forma de cargar con la vergüenza. Parte de ser humanos, implica que seamos conscientes de nosotros mismos y también de la forma en la que interactuamos con los otros; es por ello, que radica la importancia de detectar aquellas ocasiones en donde se tiene esta mentalidad monocromática que nos daña a nosotros mismos y también a los que nos rodean.

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María José Zapata Moreno Valle

Licenciada en Psicología, Máster en Pedagogía y Educación Especial. 

Docente de primaria, forma parte del departamento de Inclusión en el Colegio Humboldt; se ha desempeñado como terapeuta infantil.