Resaca después de un abuso

  • Rafael Reyes Ruiz

Era un miércoles normal, salí temprano de casa para entregar despensas al sur de la ciudad. Después de una jornada corta pero muy fructífera, solo me quedé con las sonrisas de agradecimiento de la gente que pudimos beneficiar, y decidimos volver por más ayuda, pues la que se lleva nunca es suficiente.

De pronto, súbitamente se escucha la estridencia de una torreta atrás de nuestro vehículo. Me dice mi amigo que nos estaban pidiendo detenernos. Con ese tono de ingenuidad característico de quienes no se meten en problemas le digo a mi compañero que no era para nosotros; su respuesta fue corta: sí es. Detiene el coche y de la nada veo que estábamos rodeados de policías. De una voz fuerte cargada de prepotencia escucho: bájese del vehículo. Pregunté por qué, y esa voz ahora más fuerte volvió a decirlo: bájese del vehículo.

No entendía lo que pasaba. Veníamos de forma correcta, no hubo infracción alguna, el coche estaba en regla, todo estaba bien ¿por qué nos pedían bajar? Estaba a punto de decir que no bajaría del auto, cuando veo a uno de los policías sujetar su arma enfundada. Quizá miedo, tal vez falta de experiencia, no lo sé, pero sentí un escalofrío atravesar todo mi cuerpo, solo abrí la puerta y bajé.

—Los vamos a revisar, y es mejor que cooperen— Lo escuché de otra voz amedrentadora, y seguía sin encontrar respuestas a mis porqués. Solo se me ocurrió empezar a transmitir en vivo a través de una red social. Un oficial dijo que no podía grabar, con mi voz llena de miedo respondí que no estaba grabando, que estaba transmitiendo. Al principio no le dieron importancia, y continuaron con su fragante abuso. Me esculcaron de forma violenta, vaciaron mi mochila, entraron al coche, pero sobre todo, allanaron mi paz.

Veo que los conectados en mi transmisión ya eran muchos, y lleno de temor, coraje e impotencia, en voz alta digo de lo que estoy siendo víctima, y pido que etiqueten a las autoridades. Los policías se ven entre ellos, se susurran, hablan en claves, y de la nada y sin terminar su revisión se van, llevándose con ellos una parte de mi tranquilidad. Las respuestas a esos porqués nunca llegaron.

El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, dice en la primera y segunda acepción de la palabra “abuso”:

1.- Hacer uso excesivo, injusto o indebido de algo o de alguien.

2.- Hacer objeto de trato deshonesto a una persona de menos experiencia, fuerza o poder.

Tajantemente: NINGÚN ABUSO ES CORRECTO. No deben existir, no deben permitirse. Sí, es fácil decirlo, para una víctima es lo más difícil al vivirlo. Te atemorizas, te llenas de incertidumbre, coraje e impotencia; antes, durante y después del abuso. Puedo decir incluso que “el después” es terrible. Sientes un sabor amargo en la boca, una intranquilidad constante, y quedas con el miedo de que se vuelva a repetir.

No importa cuál haya sido el abuso, en la víctima siempre hay secuelas, siempre existe una resaca de ese abuso. Y aún cuando la historia de los abusos es tan antigua como la misma humanidad, no son correctos, y por supuesto que no deben normalizarse. Comparto lo dicho por Julian Assange en su cuenta de Twitter: “Una de las mejores maneras de lograr la justicia es exponer la injusticia”. No nos quedemos callados ante el abuso, seamos víctimas o espectadores.

Rescoldos.

Tuve una posición privilegiada, y mi amarga experiencia de abuso policial no pasó de un muy mal momento y un terrible susto. No todos corren con la misma suerte. Un instante de valentía y lucidez me hizo transmitir en vivo, creo que eso me salvó. Si eres víctima o sabes de algún abuso, de cualquier tipo, busca ese instante de valentía y lucidez, quizá se pueda mejorar una vida, quizá se pueda salvar esa vida.

Agradezco a quienes se solidarizaron conmigo, lo valoro mucho. Gracias por ser y estar.

 

Rafael Reyes Ruiz

@RafaActivista

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Rafael Reyes Ruiz

Activista social. Emprendimiento. Escribidor.

Apasionado de las letras enamorado de la vida, y viceversa.