La otra vida de los hombres públicos

  • Xavier Gutiérrez

Los hombres públicos, casi todos, tienen una doble historia. Una doble vida. Una es la que conocemos y la otra está en penumbra.

La segunda la conocen pocos, muy pocos. Un círculo estrecho que la guarda celosamente.

Solamente se descorre el velo a través del tiempo. A consecuencia de una indiscreción. O de una revelación, cuando ya no hay prestigios que cuidar.

Por ejemplo Adolfo López Mateos, un de los presidentes más queridos de México. Hombre apuesto, elegante, popular, fumaba, le gustaba el box, los autos…y las chicas.

Tuvo un romance con  Dora María, “La Chaparrita de Oro”, una de las artistas más queridas de Tabasco hasta la fecha. Dueña de una hermosa voz…y del corazón de López Mateos.

En el edén tabasqueño esto siempre se supo, el país lo supo después.

López Mateos hizo mucho viajes por el mundo, a tal grado que le apodaron “López Paseos”.

De guasa se dice que, el presidente, a quien le manejaba su agenda en palacio nacional, a veces le solía preguntar: “¿qué nos toca hoy, viajes o viejas?”

Esto de las vidas públicas por un lado y las privadas por otro se da en todos lados. En cualquier país. No es un asunto mundial, es humano.

Está el caso del héroe de la guerra en los Estados Unidos, el presidente Franklin Delano Roosevelt (gobernó de 1933 a 1945), se casó con la extraordinaria mujer Eleanor Roosevelt, pero el amor de su vida estuvo junto a él en la propia Casa Blanca, su secretaria privada Lucy Page.

Con él estuvo hasta el mismo día de su muerte.

Pero, ahí mismo en la Casa Blanca, la otra sorpresa, su señora esposa Eleanor, quien no solo no rompió con el presidente al conocer su infidelidad, sino que ella misma llevó una vida libérrima.

Tuvo amantes, pero por sobre todos amó a una mujer, con quien mantuvo una apasionada y feliz relación de pareja, la periodista Lorena Hickock, a quien, según sus biógrafos, escribió 2 mil 336 cartas de amor, algunas de elevada sensualidad.

Pero, volvamos a México, a Puebla concretamente.

En Teziutlán, Puebla, nació el don Manuel Ávila Camacho, quien llega al poder después de Lázaro Cárdenas.

Don Lázaro, por la vía del sacrosanto “dedazo” lo designa y hereda. Y se queda a la vera del camino Francisco J. Múgica.

Don Manuel no tenía méritos notables, ni como general ni como civil.

Entre sus propios colegas de armas le apodan “El Soldado Desconocido”, o “El General de Escritorio”, o “El General sin Batallas”.

Pero tuvo tras de sí nada más y nada menos que la voluntad del presidente.

Uno de sus actos como presidente fue declararse “católico y creyente”.

Era un hombre afable, sensato, sereno, de aspecto mofletudo y respetuoso.

Le llegaron a decir “El Presidente Caballero”. Sus adversarios le agregaban: “El Presidente Caballero…de Colón”.

Se casó con una dama originaria de Jalisco, doña Soledad Orozco, una mujer guapa y elegante, de baja estatura pero buen porte, quien gustaba de vestir siempre a la moda, con esos sombreros exóticos que se acostumbraban entonces, y que más de una vez fue objeto de bromas mordaces.

La pareja no tuvo hijos. Pero los visitaban con frecuencia sus sobrinos.

A los ojos de la gente fue una pareja feliz. Doña Chole tuvo una participación intensa en tareas de asistencia social al lado de su esposo.

A el le tocaron los años de la II Guerra Mundial y se plegó a los intereses de los Estados Unidos, con lo cual derivó algunas ventajas para el país.

Pero, aquí viene la historia…

Por lo menos dos veces al mes, un  coche negro lujoso, escoltado por varios más que se quedaban a prudente distancia, llegaba a un punto cercano a Teziutlán.

Llegaba de noche,  a la finca “Las Delicias”, en un paraje conocido como Buenos Aires.

Del automóvil bajaba el presidente Manuel Ávila Camacho.

Un par de escoltas militares se quedaban afuera, a una distancia pertinente.

En la casona recibía al Jefe de la Nación la señora Elvira Gaytán. Quienes  la conocieron, la describen como una mujer morena clara, guapa, de carácter.

Con ella el presidente sí tuvo hijos. Dos por lo menos.

Quienes la trataron, refieren que era una dama agradable. Conversaron con ella en 1963, y la charla ofreció espacios de confianza, de franqueza.

Y de curiosidad.

-¿Qué le gustaba cenar al presidente, doña Elvira?

-A él le encantaba la cecina y los frijoles de olla..

-Oiga, doña Elvira, ¿y usted por qué no se fue a vivir a México?, allá tendría todas las condiciones de una vida cómoda  y placentera.

-Ah nooo, yo le dije a Manuel desde el primer momento, si me quieres tienes que venir a verme a aquí, de aquí no me muevo.

Y así fue. Por lo menos dos veces al mes, al amparo de la noche llegaba al Presidente Caballero a ver a doña Elvira Gaytán. Y al amanecer, muy temprano, emprendía el viaje de regreso a la ciudad de México, para despachar en Los Pinos.

No se supo después cuál fue el destino de los hijos que tuvo con la dama.

Pero así es, los personajes públicos siempre tienen otra historia, que pasa inadvertida al resto de los mortales.

xgt49@yahoo.com.mx

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Xavier Gutiérrez

Reportero y director de medios impresos, conductor en radio y televisión. Articulista, columnista, comentarista y caricaturista. Desempeñó cargos públicos en áreas de comunicación. Autor del libro “Ideas Para la Vida”. Conduce el programa “Te lo Digo Juan…Para que lo Escuches Pedro”.