Mente, deseo y la nueva normalidad

  • Leopoldo Castro Fernández de Lara

Según pasa el tiempo y más allá de volver a discutir sobre la importancia de quedarse en casa hay un aprendizaje que podemos sacar en claro de la pandemia del COVID al momento y del que me gustaría hablar:  vamos descubriendo que vivimos en un sistema que nosotros creamos y que ahora nos crea a nosotros y sin el cual no existimos pues hemos puesto nuestra identidad en completar una serie de funciones y actividades a través de roles que nos van ayudando a no perder el rumbo de quienes nos decimos que somos.

Sea en el trabajo, como padre o madre, como hijo, como colega o como amigo es fácil de ver si quitamos el ruido que normalmente tenemos que nuestra mente controla nuestra vida. Esta mente sin embargo no funciona como nos gusta creer que lo hace; funciona según una serie de mandatos externos que hemos ido alimentando de múltiples formas no solo nosotros sino nuestra cultura, nuestra familia de origen, nuestras vivencias infantiles y un montón de oscuros instintos que operan a nivel inconsciente y que en esta época post-todo hemos decidido ignorar y que antes tenían muchos nombres (demonios, espíritus, posesiones, males, astros, etc.).

Esta mente compleja y desconocida nos hace operar de maneras funcionales para encajar en un mundo que tiene sus propias motivaciones y que, aunque intenta alimentar nuestro ego (yo) con mensajes que nos hacen sentir que tenemos el control en realidad no es así, de tal suerte que vivimos en una variante de “modo supervivencia” en la que nuestra voluntad y libertad están claramente condicionadas. Esto se puede comprobar en las motivaciones que dirigen nuestro comportamiento y que si bien pensamos controlamos, la evidencia nos muestra que no es así. Aquí es en donde cobra relevancia la pandemia o como le quiera usted llamar pues al ser una situación novedosa en una sociedad en la que no existen prácticamente novedades pone en juego nuestra participación en el sistema y al mismo tiempo nos hace voltear a analizar nuestro rol en esta nueva modalidad constituyéndose así una oportunidad para entender un poco más de cómo somos y de cómo es la dinámica social en la que estamos inmersos.

Ejemplos hay muchos y para hacer claro este último párrafo me centraré en uno que todos los adultos –más o menos- compartimos: el trabajo. A través del trabajo tenemos la creencia de que transformamos la realidad y además obtenemos un ingreso para satisfacer nuestras necesidades (las de nuestra familia) mientras nos realizamos. En esta situación de pandemia podemos preguntarnos por el sentido real del trabajo que hacemos; ¿realmente me ayuda a realizarme? ¿tiene sentido lo que hago? ¿es suficiente para satisfacer mis necesidades básicas? ¿me conformaría con satisfacer esas necesidades o hay otras que son más importantes? ¿si me ofrecieran más dinero en otro trabajo menos “interesante” lo aceptaría? ¿cuál es la motivación de que dedique tantas horas a esta función? ¿es necesario dedicar tantas horas a esto que hago? ¿decido hacer esto o es la única opción que tengo? ¿quién soy sin este trabajo? ¿qué pasaría si lo perdiera?

Este cuestionamiento puede servir para ilustrar cómo nuestra mente opera para lograr ciertas metas que no siempre son las mismas que conscientemente nos decimos. Moralmente no podríamos aceptar esta disonancia y tenemos que establecer todo un sistema de creencias que maquilla el mundo para no ver nuestra incongruencia (ej. Todo lo hago por mi familia, pero estoy con ellos veinte minutos al día). Esta incongruencia es sin embargo la oportunidad del cambio pues es el único camino que nos lleva a la raíz de nuestro deseo. El deseo es por tanto una mente caprichosa que busca experimentar y llenarse de experiencias. Todo lo que no es nuevo se convierte entonces en automático y reduce nuestra libertad y voluntad.

¿qué de mi vida es realmente nuevo? No me refiero a algo nuevo como algo desconocido y que nunca hayamos experimentado sino a la experiencia novedosa como cuando un niño está jugando y el tiempo pierde sentido o cuando durante el enamoramiento no existe comparación con el pasado o miedo al porvenir sino solo presencia. Esta novedad que tanto le gusta a la mente y si no se controla se convierte en una adicción, al mismo tiempo es la oportunidad de crear algo nuevo si aprendemos a educar nuestra función mental.

En esta pandemia tenemos la oportunidad de ver fuera de nosotros nuestro modo automático y decidir qué sí queremos y qué no. La nueva “normalidad” puede ser una decisión si todas y todos generamos una nueva realidad o puede ser una vuelta a lo anterior si nos dejamos llevar por el miedo a lo desconocido. He aquí el reto y la oportunidad si logramos convencernos de que es tenemos algo que decir acerca del sistema en el que vivimos. Paradójicamente en esta decisión se juega toda nuestra libertad y voluntad. Seguramente a nivel individual existen y han existido muchos momentos de quiebre que vivifican este momento, pero a nivel global es más complicado y está pasando. De lo que decidamos depende todo.

El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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Leopoldo Castro Fernández de Lara

Psicólogo, Master en Recursos Humanos, Maestría en Modelos y áreas de investigación en ciencias sociales. Sus temas de interés son los movimientos sociales, las representaciones sociales y en general la psicología social