Hacer ronchita

  • Alejandra Fonseca

Es asombroso cuando los mexicanos somos tan solidarios para ayudar a las personas, por ejemplo, en los sismos. Hemos hecho historia y sido nota en medios internacionales, una y otra vez, con nuestras acciones conjuntas en momentos que se tornan días y semanas que no cesar para salvar vidas; con espontaneidad, sencillez, organización, disponibilidad y  resultados de nuestra participación en los momentos urgentes. No necesitamos, ni se hubieran atrevido, a darnos luz verde o que nos dijeran qué hacer o cómo organizarnos; tampoco nos teníamos que conocer entre nosotros: estábamos para una causa que nos unía y cada uno sabía qué y cómo ayudar, cómo acomodarse en la gran maraña que significaba salir adelante salvando las más vidas posibles poniéndonos de acuerdo con la sola mirada. 

En esas ocasiones nos hemos organizado según nuestras posibilidades y recursos personales aun de dos en dos, y sumando decenas y hasta centenas de personas que cooperaban en lo que podían de manera espontáneo o bien convocados; crecimos en número y funciones sin importar clase social, estilo de vida, edad, género o preferencia o lo que fuera. Nada nos diferenciaba entre nosotros; todos jalamos para un mismo propósito. Ahí estábamos todos unidos poniéndonos de acuerdo sin desentonar. Hay memoria gráfica de personas mayores y de muy escasos recursos llevando a centros de acopio un kilo de frijol o arroz para cooperar con quienes perdieron todo… ¡Somos excelentes los mexicanos para cuando se trata de hacer “ronchita”!, como dice mi hijo.

Pero, ¿qué pasa cuando la situación es tomar una decisión de mí para conmigo? ¿Cuándo no es algo externo lo que me jala y me atrapa de una manera entusiasta donde toda acción tiene sentido, dirección y el éxito es grupal? ¿Qué pasa cuando se trata de controlar mi propia conducta de manera individual para, por un lado, hacer y, por el otro, dejar de hacer acciones por mi propio bien y en consecuencia, por el bien de los demás? ¿Será que somos muy muy buenos para actuar en comunidad, en grupo, en familia, siempre hacia afuera, que es muy importante, pero no para actuar como individuos, en conciencia, en compañía de mí conmigo, hacia dentro? ¿Por qué el maravilloso apoyo de todos los mexicanos, aún niñ@s, en acciones hacia los demás como en los sismos, son tan meritorias y dignas y no hemos sido capaces, en conjunto, de lograr esa sintonía para controlar nuestra propia e individual conducta para hacer algo por y para nosotros mismos, como ahora que obliga la pandemia? ¿En qué falla mi observación de mí para conmigo? 

¿Será que los mexicano nos sabemos estar solos con nosotros mismos? ¿Será que nuestra cultura no lo procura porque se maneja como un castigo y no como una oportunidad? El no soportar el confinamiento, --lo acepto de casi tres meses y sumando—habla de algo que nos sobra, --y es bueno: alegría, compañerismo, acciones comunitarias, etcétera--, pero también de una carencia enorme: la de aprender a estar con nosotros mismos sin sentirnos solos; es decir, “hacer ronchita” pero hacia nuestro interior.

alefonse@hotmail.com 

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