La ciencia que debemos aprender: sobre la polémica entre Narro y López-Gatell sobre los datos de la pandemia en México

  • Arturo Romero Contreras

Para mi profesora en asuntos de datos: ECE

 

Las guerras políticas se libran hoy con cifras. Pero lo que los dadores de cifras muy raramente comparten es la manera de obtenerlas. El gobierno mexicano puede ser criticado por muchas cosas, pero siempre ha explicado cómo se obtienen, qué significan y cuáles son sus limitantes. Se aclarado que para la recopilación de información y la generación preliminar de cifras se hace un trabajo minucioso de análisis con el INEGI, y en consecuencia la codificación para generar las estadísticas del Sector Salud se corrige. Los casos de muertes sospechosas quedan finalmente confirmados. Actualmente se han puesto en cuestión las cifras del Gobierno Federal respecto a la pandemia del coronavirus. No todos somos epidemiólogos, ni matemáticos, ni estadísticos, pero como ciudadanos y ciudadanas habitantes de un mundo que existe en gran medida en la virtualidad de las cifras, tenemos la obligación de preguntarnos por su naturaleza, su construcción, sus posibles interpretaciones y sus limitaciones. Como población se debe exigir de los medios que den algo más que datos, a saber, la manera en que son obtenidos e interpretados (una honrosa excepción aquí: https://tinyurl.com/y9uo5joh). Los datos no son propiedades de las cosas, sino las respuestas que obtenemos de los fenómenos cuando les lanzamos preguntas específicas. El dato es el resultado de una manera de concebir las cosas y un modo de medirla. Si eso no está claro, el número opera igual que la magia negra.

López-Gatell ha dado una lección de ciencia con esta declaración: “Hay un error de apreciación que persiste hasta el momento en la mayoría de los países: la idea de que todo se puede observar de manera directa. Y no. La ciencia de la epidemiología está convencida de que no todo se puede observar. Entonces, en realidad es un error metodológico suponer que sólo lo que se ve existe, y al revés: que lo que no se ve, no existe; sin embargo, en muchos países se sigue utilizando la idea de ‘voy a hacer pruebas a todos’. Esto lleva a un error de interpretación que es pensar que lo que se ve es lo único que hay”. Toda medición contiene una perspectiva y toda comparación de datos debe tomar en cuenta muchos factores para hacer inferencias válidas. Los datos no son siempre manipulables por simple aritmética y muchas mediciones incluyen márgenes de error de diversas fuentes. La multitud de fuentes de información, los modos de procesarla y las diferentes aproximaciones disciplinares exigen una visión transdisciplinaria. Eso exige que los datos y los conceptos que están detrás de ellos sean comprensibles y explícitos. Las verdaderas tomas de decisiones no se basan en una gráfica dudosa, sino en el análisis de datos, junto con consideraciones, en este caso, sociales, económicas, y médicas, por lo menos. Un fenómeno con tantas aristas como la actual pandemia exige una aproximación desde un enfoque de la complejidad y no declaraciones aisladas, dudas sin razones y opiniones al vuelo, sobre todo si se trata de “profesionales de la salid pública”.

Se mide porque las cosas no son evidentes. Nada está ahí para ser aprehendido directamente por nuestros sentidos. Ni en la epidemiología, ni en ninguna ciencia se puede observar todo. Ninguna medición está fuera de un marco conceptual que define sus objetos de medición, ni tampoco exenta de decisiones metodológicas, que privilegian algún aspecto u otro del fenómeno en cuestión. Por tanto, nadie puede hablar de cifras “falsas”. Se pueden cuestionar los modos de medir, las estimaciones a partir de ciertos datos, el error aceptable o incluso la manera de interpretar los datos, pero no estamos al nivel de la “mentira”.

El último episodio al respecto lo ha desatado el Dr. Narro Robles diciendo que López-Gatell ha mentido sobre el Covid-19 en México, que ha transformado la realidad (entrevista en El Sol de México: https://tinyurl.com/ycaprvxn). La acusación es grave en un doble sentido. Primero, por lo que representa, pero, sobre todo, por la falacia sobre la que se basa. Para determinar que alguien miente, sería preciso tener acceso directo a la realidad. Así mostraríamos más allá de toda duda, que los datos se alejan de dicha realidad. Pero entonces, no sería necesario medirla. Mientras Narro no pueda sobrevolar la realidad como un dios, deberá demostrar, con los datos que se tienen, que hay inconsistencias o que los criterios no son adecuados. Pero aun ahí no solamente tendría que señalarlo, sino argumentarlo, lo cual no es el caso. También malentiende el sentido de las mediciones para la toma de decisiones en política pública. Ignora que se mide para tomar decisiones, en este caso, espaciar la velocidad de contagio y con ello los contagios, para evitar así una saturación en el sistema de salud. No se mide para “conocer la realidad tal cual es”, ingenuidad que coloca a Narro antes de Kant, es decir, 200 años atrás en torno a la reflexión de la ciencia. Tiene razón el ex-secretario de salud, los datos deberían reducir la incertidumbre, pero los que él aporta producen no sólo más incertidumbre, sino que reproducen ideas equivocadas sobre la ciencia y, de manera muy concreta, se basan en confusiones elementales. Una cifra no se combate con otra cifra, sino con argumentos sobre sus supuestos y su manera de obtenerse. Y esto es lo que no hace Narro, provocando así no solamente desconfianza, sino extendiendo la ignorancia.

En su cuenta de Twitter, El Dr. Narro presentó una gráfica, afirmando que ésta “probaba” que la curva no se estaba aplanando (https://tinyurl.com/y8n2qjqo):

Imposible afirmar que la curva se ha aplanado porque “cada vez toma menos días en llegar a una cifra como ésta”. En diversas entrevistas ha dicho que la curva no se ha aplanado porque sigue creciendo el número de enfermos. Por principio de caridad, concedernos a Narro el argumento más sofisticado posible, a saber, que cada vez toma menos tiempo duplicar los casos. Lo cual es correcto. Pero ese no es el dato decisivo para hablar de aplanamiento de la curva. Sin entrar en datos digamos esto: una curva se “aplana” si cambia su pendiente. Pero ¿respecto a qué? Respecto a otra curva. ¿Cuál curva? La que describe el comportamiento de la pandemia si no se hiciera nada. Es decir, tenemos, en primer lugar, una curva que nos describe cómo crecería el número de nuevos contagios diariamente, si no se tomara ninguna medida. Luego, tenemos otra curva, derivada de los datos actuales del número de casos consignados. La curva “se aplana” si la pendiente de los datos actuales, que corresponde al crecimiento de nuevos contagios, es menor que la de la curva esperada (sin intervención), es decir, si la curva efectiva está más “aplastada” que la curva proyectada. La imagen ha circulado hasta el cansancio por internet. Aquí reproducimos una de ellas para el Valle de México.

Narro comete dos errores elementales para su objetivo. Primero: no diferencia entre nuevos casos y casos acumulados. Por esta razón el resultado siempre le dará siempre un crecimiento absoluto y no la variación en la magnitud del contagio. En el mejor de los casos, obtenemos una tasa de crecimiento de casos absolutos en el tiempo. Segundo: no realiza ninguna comparación. Esta medida “interna” (infectados sobre la variable de tiempo) no permite saber si se ha aplanado la curva, porque el criterio lo da la comparación con respecto a la predicción, es decir, con la otra curva (el crecimiento proyectado de casos sin intervención). Narro no tiene dos curvas, no está comparando nada. Eso quiere decir que Narro no comprende lo que significa “aplanar la curva” en su sentido técnico. El sentido de “aplanamiento de la curva” que parece tener Narro, es el de que ésta se transforme en una recta horizontal, es decir, que ya no crezcan los contagios. En efecto, este punto llegará, pero no estamos en él todavía. El escándalo es que este tipo de “información” produzca escándalo.

Narro lo dice correctamente en su entrevista a El Sol de México, se mide para tomar decisiones. La pregunta es ¿qué tipo de decisiones? El objetivo de la política nacional ha consistido en espaciar los contagios para evitar una saturación del sistema de salud y sus recursos. Se puede cuestionar si eso es muy poco frente a una pandemia, pero las conferencias han sido honestas: habrá pandemia, habrá muertos, llegaremos a la fase 3. Narro manifiesta su legítima inquietud respecto al grado de la pandemia, pero no alcanza a llegar a la discusión en cuestión y, por lo tanto, tampoco sus críticas. Se ha dicho en las conferencias muchas veces: el sistema Centinela (hasta cierto punto en el tiempo) y los datos que se generan en las localidades sirven para estimar el tamaño de la respuesta que debe tener el sector salud. Saber cuántos casos hay “realmente” no es algo que se quiera saber en sí. Importa saber qué cantidad de personas desarrollarán síntomas graves, por lo que tendrán que usar los sistemas de salud. Y ese número se puede calcular de diversas maneras. Otra vez, se puede discutir cuál es el método más efectivo: Centinela, aplicación masiva de pruebas, muestreos, etc., pero no se puede afirmar que uno sea mejor que otro sin decir por qué.   

Explicaciones más precisas sobre distribuciones, desviación de una curva respecto a otra, cómo se representa el comportamiento de los casos, o si, por ejemplo, el comportamiento de las epidemias puede ser descrito por una función logarítmica a partir de cierto punto, son asuntos que deben ser explicados por expertos, a los cuales deberían acudir los medios de comunicación. En cambio, se ofrecen números y dibujitos, pero nunca explicaciones sobre su sentido, no se diga ya sobre su construcción. La tónica ha sido, en los medios, una retahíla de descalificaciones ad hominem. Que uno o cuatro rectores tengan opiniones diversas sobre los datos, no les da más o menos validez, como tampoco lo da el ser subsecretario de salud. Lo relevante es la facilidad con la que un número y una gráfica pueden causar escándalo, sin que medie la más mínima explicación o solicitud de explicación. Un caso similar lo provocó un artículo de la BBC (https://tinyurl.com/ybefbvmo), donde se decía que la pandemia en México era mucho peor que en E.U. El periodista Témoris Grecko escribió un artículo (https://tinyurl.com/y6uvabfp) “tomándose la molestia” de investigar qué datos se utilizaban para llegar a esas conclusiones. No es ninguna sorpresa que descubrieran que aquellos se habían obtenido con un procedimiento diferente al que se ha utilizado de manera estándar. Éste es el tipo de periodismo que se espera hoy, donde conocer y entender las cifras es, literalmente, una cuestión de vida o muerte. La población mundial no puede ya pedir que los medios de comunicación le hagan llegar la información procesada sin ninguna consideración conceptual. No es necesario ser un experto para comprender que los datos tienen, detrás de sí, ideas y decisiones, los cuales deben ser expuestos. 

Julio Frenk, otro exsecretario, no se ha quedado atrás en las críticas a las cifras, afirmando que se subestima el número de infectados, diciendo que es necesario realizar más pruebas. Pero aquí hay otro error o, si se quiere, una sobresimplificación o trivialización del problema. El uso de pruebas no tiene una relación simple con la efectividad. Italia está en el sexto lugar de la OCDE en aplicación de pruebas y España en el octavo, muy por arriba de Corea. Ya sabemos la efectividad de este último respecto a aquellos. Narro y Frenk repiten que México debe realizar más pruebas, pero no dicen para qué, ni cómo se entrelazan medición, poderes estatales y economía. Corea fue efectiva en el control de la pandemia no solamente por realizar pruebas masivas, sino por la capacidad para, una vez identificados los focos, forzar por vía estatal su confinamiento absoluto, so pena de incurrir en delitos. En México, se ha repetido en las conferencias de prensa: sería inviable que el Estado prohibiera el tránsito, por razones históricas en el uso de la fuerza y por razones económicas. Para ello existen las estimaciones, que se pueden realizar a partir de los casos confirmados. Se ha criticado a propósito la variación en el factor de expansión, que hoy es poco mayor de 8, pero que podría alcanzar valores de 30. Es decir, a partir de los casos confirmados se puede estimar el número de infectados totales. Y aquí lo repetimos, se puede cuestionar no el número en sí, sino el modo de obtener un 8 o un 30. No debe olvidarse que la “debilidad” de las cifras respecto al Covid-19 no es un problema en México, sino en el mundo entero. También la idea de que muchos casos de influenza o neumonía atípica pueden no estar siendo tipificados como Covid-19 es una suposición que requiere ser demostrada con datos, por más razonable que sea. Pues lo que está en duda no es que ello suceda, sino su posible magnitud.

No perdamos de vista que toda política pública debe estar basada en análisis de factibilidad con miras a la toma de decisiones. No se trata de conocer “realmente” cuántos casos tenemos, ni de criticar subestimaciones. Lo que juzgará la efectividad de la política del gobierno mexicano será la saturación o no del sistema de salud, junto con la suficiencia de insumos y aparatos. Todo lo demás puede servir a otras consideraciones importantes, pero que no son el centro de la política actual. Lo esencial consiste en discutir la estrategia completa, y no aplicar una regla o una mera recomendación, venga de la OMS o de una universidad. Siempre hay que decidir: a) en qué se centrarán los recursos; b) costos y beneficios de medir de una y otra manera; c) decidir qué se hará con esos datos. Aplicar pruebas masivas del COVID-19 requiere valorar la viabilidad y la utilidad. La estrategia gubernamental en México ha tomado una decisión que no se basa unilateralmente en consideraciones meramente médico-epidemiológicas, sino también socioeconómicas. En efecto, toda medición y toda política resulta efectiva dentro del contexto en el que se realice. Este análisis concreto y situado es el que falta en las múltiples opiniones sobre la veracidad o calidad de los datos. Hasta ahora nadie ha ofrecido datos de “mejor calidad” como pide Narro, ni nadie ha ofrecido modelos que compitan con el actual en la estimación de casos (una referencia sobre los modelos desarrollados actualmente en conjunto con el CIMAT y la UNAM: https://tinyurl.com/ybomuhbd).

Si la estrategia del gobierno mexicano ha consistido en implementar medidas para no saturar el sistema de salud, su éxito debe ser medido ahí y nada más. De nuevo, se puede criticar si eso basta para afrontar una pandemia. Se puede criticar el sistema de salud, heredado y actual. Se puede criticar el desabasto de equipo médico y la calidad de las compras hechas a China para subsanar dicho desabasto o se puede criticar la mala distribución o la lentitud que hubo, incluso su suficiencia. Pero se tiene que entender que, cuando se habla de números y estrategias, hay que ser siempre claro en los criterios que se consideran, el marco de razonamiento, los objetivos y el modo de evaluarlos. En suma, se trata de sumar a la consideración elemental que debe tenerse al evaluar toda política pública, los conceptos, criterios y decisiones técnicas y metodológicas involucradas en la captura, procesamiento e interpretación de la información. Una supuesta sociedad de la “información” no puede darse el lujo de ignorar los medios existentes de su producción.

La creencia en que los datos son manipulados, es una consideración que rebasa la esfera pública y a la ciencia y tiene que ver con la percepción de legitimidad. Y en cualquier caso ésta, la posición del escéptico, es una actitud que se puede aplicar de manera automática a cualquier asunto. No es un pensamiento, ni un razonamiento, sino una actitud. Siempre podemos decir: no creo. Pero tampoco se puede hacer nada con eso. Quien quiera impugnar un dato, debe presentar otro o confrontarlo con otro (externo o interno, para asegurar tanto validez -que se mida en principio lo que se pretende- y confiabilidad -que tan fiable es el instrumento de medición). No necesitamos ser epidemiólogos, ni matemáticos, ni estadísticos para comprender todo esto, pero es claro que nadie nace sabiendo y que como población es preciso que aprendamos la ciencia sobre la cual se toman decisiones que dirigen nuestros destinos.

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.