Las estaciones de América Latina: neoliberalismos, derechas y protestas

  • Arturo Romero Contreras
Durante mucho tiempo se detuvo el tiempo. Detrás de las declaraciones del fin de la historia

I. Las derechas en ascenso

Durante mucho tiempo se detuvo el tiempo. Detrás de las bombásticas declaraciones del fin de la historia había, en verdad, un consenso sobre el gobierno del mundo, un orden mundial. Cada día es más claro: partidos y agrupaciones chovinistas, machistas o xenófobas se abren camino en todo el mundo, siendo capaces de expresar cada vez con mayor soltura sus posiciones. Pero el escándalo de sus declaraciones ya no es escándalo alguno. Un orden se hunde, sin que podamos saber qué sobrevendrá. Con todo, hay luces de alarma, porque del sistema que hoy se encuentra en la mira de la crítica internacional, se denuncia solamente lo más superficial. Criticar el “capitalismo salvaje o desregulado”, el capitalismo financiero de Wall Street, la globalización, la destrucción de las configuraciones locales y la tecnología es un tema que acerca a la derecha más conservadora y a la izquierda más progresista. Pero su acercamiento no tiene nada que ver con esa sabiduría de café según la cual “los opuestos se tocan”. La izquierda no ha tenido mucho de progresista desde sus últimas décadas de vida y no ha sabido articular un discurso político, económico, social o incluso metafísico a la altura de los tiempos. Aplaudo a quienes denuncian la violencia, sea de derecha o de izquierda, que no pierden la distancia para criticar la actuación política de los gobiernos, incluso si son del mismo bando. Lo que resulta inaceptable es continuar la tesis del fin de la historia diciendo que ya no hay ni derecha, ni izquierda, que las relaciones de clase están “superadas” por la complejidad geopolítica o que ahora debemos renunciar al gran pensamiento y concentrarnos, como pequeños burócratas, de problemas concretos. En este escenario el pensamiento se convierte en el asesor del policy maker. Concentrarse en los problemas concretos, significa, más bien, dispersarse en los innumerables conflictos sociales renunciando a comprender las causas comunes. Pese a todo, nos contradecimos todo el tiempo pues invocamos y pedimos soluciones de corto plazo e inmediatas, mientras, por las tardes, frente a las noticias, llenos de horror, pronunciamos los grandes nombres: racismo, patriarcado, capitalismo.

Lo vemos claramente, la agenda de las derechas en el mundo es “popular”, clama justicia por los trabajadores, llega a ser incluso ecologista (como en Francia) o globalifóbica (como en caso del mismo Trump). Pero la diferencia entre derecha e izquierda es simple. La primera pide todo eso para sus connacionales, la segunda, para todos. Es fácil hacer grandes generalizaciones sobre la historia. Nadie está exento de ello. Pero hubo sin duda a lo largo del siglo XX, y contra su supuesto deseo, una tendencia a crear los más grandes relatos de la humanidad. Se usaron los grandes nombres para identificar el mal: metafísica, capitalismo, colonialismo, patriarcado. Y abrazamos las luchas. Era nuestro deber. Pero no vimos con la claridad necesaria que esos nombres tanto muestran como ocultan, tanto explican como confunden. El “pensamiento crítico” suele tomar dichos nombres como mantras o muletillas para dejar de explicar las cosas, a nivel local y global. Y mientras trata de leer la continuidad centenaria de algún discurso en el poder, pierde de vista los matices donde se juega el presente. Quizá lo más grave a lo que nos enfrentamos hoy es a la radicalización de las plagas modernas más insidiosas. El “fundamentalismo religioso” que opera con atentados o abierta violencia estatal (musulmanes, cristianos, judíos y hasta budistas deben ser contados) no se desprende de alguna intolerancia milenaria. Cuando se piensa así se esquematiza un discurso hasta su caricatura, pues no se le concede capacidad de reacción. El fundamentalismo es eso: un contragolpe. Tómese como ejemplo emblemático Irán. Un país musulmán progresista e intelectualmente rico, sufre un golpe de estado para convertirse en un gobierno teocrático. La radicalización de Oriente Medie no se sigue de un núcleo trascendental violento, sino de la activa política occidental tras la Segunda Guerra Mundial.

En esta lógica, es posible que la violencia feminicida que desborda México no sea el mero resultado del núcleo esencialmente violento del patriarcado (que lo es), sino de un patriarcado reaccionario, de una respuesta enloquecida al feminismo. La violencia homicida suele ser signo de impotencia social y política. La violencia es siempre demasiado costosa y sólo la ejerce quien no tiene capital social. La violencia contra las mujeres rebasa todo “mensaje” para convertirse en una suerte de revancha, en un contraataque machista muy probablemente inédito. Son machos heridos y no machos del ancien régime. Cuando un Putin habla de la “ideología de género”, fijémonos bien, ¡está haciendo crítica de la ideología! Cuando un Bolsonaro deja el Amazonas arder diciendo que es su problema exclusivo, ¿¡no defiende la soberanía de su país!? Habría que hacer mucho para responderse estas hipótesis. Discutir, sí, pero también investigar. Ahora, la denuncia mundial que se hace de la violencia parece atestar claramente el hecho de que no nos las vemos con las antiguas formas de ejercicio del poder, sino con poderes más refinados. Poco podremos hacer contra las derechas europeas, por ejemplo, si no entendemos las razones (superficiales) por las cuales se han hecho ecologistas. La molécula del racismo es mejor tolerada por las poblaciones cuando se le pega alguna molécula socialmente deseable y “justa”. La derecha no suele estar equivocada por radical, sino todo lo contrario, por su superficialidad.

Hoy América Latina está convulsa. Chile y el gobierno criminal de Piñera. Bolivia y el golpe de estado contra Evo Morales. La persecución (por ahora detenida) contra Lula en Brasil y la violencia de Bolsonaro. El bloqueo primero contra Cuba, luego contra Venezuela. Sí, sí, que la Bachelet no cambió las cosas, que Evo quiso hacer pasar el progreso a la fuerza por el Yasuní, que la corrupción del Partido del Trabajo en Brasil, que Chávez y Maduro y la militarización del país. Sí a todo eso. Por supuesto. La pregunta es: ¿sobre la base de qué modelo hacemos la crítica? ¿La democracia parlamentaria europea? ¿El bipartidismo norteamericano? ¿La productividad japonesa? ¿El crecimiento económico de China? Lo que debemos entender es que el campo de cultivo para las derechas lo prepararon los (neo)liberales, no la izquierda. Lo hicieron de una doble manera: por un lado, incrementando la desigualdad y asegurando privilegios de mercado, haciendo uso del Estado como su instrumento mientras, simultáneamente, debilitaban ciertas funciones de aquel (las sociales, por ejemplo) y exigían a los países llamados en “vías de desarrollo” recortes que serían impracticables incluso en el primer mundo. Que si Grecia no usó bien los recursos, que si Italia, España y Portugal no supieron ser europeos exitosos, etc. está en otro orden de ideas. La Unión Europea se constituyó en una asociación económica que concentró la riqueza que había distribuido en los tiempos del estado de bienestar. La derecha vende hoy la tierra prometida sobre el suelo yermo que dejaron los neoliberales al hacer del mundo su wasteland. India, China y Rusia abrazan el capitalismo salvaje y el conservadurismo social y político, así como el control estatal. En todo el mundo vemos que la debilidad estatal (parcial) justifica nuevos autoritarismos que buscan retomar el control por la fuerza, sin temor de volverse indistinguibles de las dictaduras que creíamos extintas, como sucede hoy en Chile con la represión. Aunque Piñeira le arranque los ojos a todos no podrá ya jamás disimular los hechos, apartarlos de la mirada internacional que los denuncia.

Apreciémoslo con claridad. La derecha no ha llegado por el fracaso de la izquierda. Difícilmente se puede acusar a Evo de ser un gobierno poco exitoso, si se miran sus cifras de crecimiento. La izquierda que gobernó América Latina a partir de los procesos de democratización de la región fue bastante modera. Y el poder de la alianza Cuba-Venezuela, pese al petróleo, no representó nunca un riesgo de expansión regional. La derecha retorna hoy con toda la violencia posible. Los discursos de odio, la discriminación abierta en los discursos de presidentes y funcionarios, la reversa en temas como matrimonios del mismo sexo, reconocimiento de la multiplicidad del género, el uso de militares en las calles, golpes de estado, etc., debe darnos la medida de lo que se avecina. La izquierda llegó al poder en épocas recientes en América Latina por las urnas, en procesos legítimos. La derecha llega hoy por todos los medios posibles y, lo vemos, se dedica a perseguir y exterminar a sus oponentes.

No podemos decir que haya una primavera latinoamericana, pero tampoco nos encontramos en el otoño del patriarca. Los tiempos revueltos hacen irreconocibles las estaciones del cambio político. Hay mucho qué decir sobre Correa y Lenin Moreno, Evo y Santa Cruz, Venezuela y Estados Unidos. Pero Chile resulta un lugar crucial en este momento, porque la protesta parece estar dirigida tanto al autoritarismo, como al capitalismo. No es sorprendente, habiendo sido Chile la caja de Petri donde se hicieron crecer los gérmenes del neoliberalismo bajo el control absoluto del Estado, combinación que durante décadas se definió como imposible. China y Rusia, que parecían rezagadas frente al Estados Unidos liberal, se convirtieron en los verdaderos inventores del futuro. Hoy Estados Unidos se perfila en esa dirección. Pero de nuevo, en términos generales, el crecimiento de posiciones conservadoras y chovinistas no convoca a una crítica más meditada sobre su conexión con el neoliberalismo precedente (a quien se debe). La discusión mundial parece agotarse entre los (neo)liberales y los (neo)conservadores, sin que podamos ver su solidaridad interna. Lo que va más allá del espectro de los liberales estilo Clinton o Macron o Merkel, nos parece ya “radical” cuando es posible que la mera duda sobre la posibilidad de su retorno sea el horizonte más razonable. Mientras tanto, es verdad, la izquierda habla de capitalismo y neoliberalismo en general. Con tanta generalidad, que termina por desdibujar su propio rostro. Pero, y aquí puede esconderse la lección, la izquierda debe ajustar cuentas con los liberales, en vez de considerarlos en bloque. No hay que confundir los liberales que, temerosos, le dieron la victoria a Hitler, con los tecnócratas de la Unión Europea o los Chicago boys que fueron a hacer sus prácticas a América Latina.

II. Las protestas en Chile

Pero concentrémonos por un momento en la población. Esa que decide abrazar tal o cual ideología, o apoyar a tal o cual político o salir a la calle a gritar. Resulta fácil señalar a los políticos por su visibilidad pública. ¿Pero qué y cómo puede hablar una población, que por principio es tan heterogénea? Tomemos el caso de Chile. No avanzaré ningún análisis de la situación. Hay quienes lo pueden hacer de manera más precisa e informada. Quisiera mejor referirme a un artículo escrito por un politólogo chileno, Juan Carlos Castillo:

 https://www.elmostrador.cl/cultura/2019/10/25/los-parches-violentos-no-hacen-mas-que-aumentar-la-fractura/  El artículo comienza por distinguir entre desigualdad e iniquidad. La desigualdad no es, ipso facto, algo condenable en nuestras sociedades. Hay una desigualdad legítima, o un origen justo de la desigualdad. Se llama el mérito y se reconoce en frases como “nadie me ha regalado nada”, “estoy bien porque he trabajado mucho”, “cada quien obtiene lo que se merece”. En términos clásicos se trata de explicar la situación económica personal por el esfuerzo personal, poniendo entre paréntesis toda variable social. Lo que comienza a llamar la atención es el hecho de que las protestas sociales no suelan derivarse de la acumulación de riqueza en pocas manos y la desigualdad que implica, sino, más bien, de la “amenaza al ideal meritocrático”. La meritocracia parece casi evidente, un caso de justicia natural, el fundamento del iusnaturalismo: a mayor mérito, mayor ganancia, salario o privilegios. Como se explica en el artículo: si alguien que realiza el mismo trabajo que yo gana más, entonces puedo, o bien hacer mal mi trabajo para compensar la brecha, o pedir un aumento.

Esto puede explicar el mensaje que circula en internet: “Mientras estabas tan preocupado de que el socialismo iba a quitarte tus libertades, el capitalismo te robó tu pensión, se quedó con tus ahorros, se llevó tu trabajo al extranjero, te arrebató la atención médica, desmanteló el sistema educativo y te dejó endeudada/o, rodeada/o de racismo, xenofobia, odio y armas”. Antes de seguir con el artículo digamos lo evidente: ni la atención médica, ni la educación, ni la pensión pueden competir con el sentimiento de libertad. ¿Quién podría preferir buena educación, pero obligatoria frente a la libertad de estudiar cualquier cosa en cualquier lado, en principio, aunque de facto ello sea imposible? Lo que se oscurece aquí es el hecho de que un mérito no puede ser juzgado objetivamente (como se pretende), sino solamente por comparación. Y la comparación se decide en un modelo de competitividad, lo que significa que, a fortiori, solamente un porcentaje muy pequeño podrá “triunfar”. Triunfar significa ocupar los primeros lugares de un ranking. Y esta es la operación ideológica por excelencia: clasificar los méritos de los gobiernos, las universidades, lo mismo que el desempeño de los empleados de una cadena. Las encuestas y los rankings que resultan de ellas (junto con oscuros criterios de medición, que usualmente se basan en rankings de otra clase) dan consistencia imaginaria al mundo actual, de modo que las personas exitosas se convierten en modelo. La ordenación de los fenómenos en un ranking da existencia y consistencia a los actos que nos impulsan diariamente, desde el nivel de la vida diaria, hasta el comportamiento de las grandes empresas. Sabemos que una empresa no intenta ser rentable, sino monopolizar el ramo, no busca genera ganancias, siempre generar más ganancias. ¿Quién decide el mérito? Nos lavamos las manos y decimos: ni tú, ni yo, sino el mercado, que un día es nadie, otro todos y, luego, precisamente tú y yo. Pero cuando “decide” el mercado resulta que ya todo está decidido, porque no es que éste asigne valores a las acciones (e.d., méritos), sino al revés, el mérito se define por el triunfo en el mercado, con lo que hemos puesto la situación de cabeza.

Por supuesto, nos parece natural decir que las cosas deben corresponderse con el esfuerzo que uno hace para obtenerlas. Pero el mérito no es una medida del esfuerzo en abstracto, sino el mérito reconocido según un cierto parámetro de comparación. Aquí debe entenderse el argumento liberal por excelencia: no debo pagar impuestos al Estado porque la riqueza es obra mía. Y no debo pagar mayor salario porque yo dejo que el trabajo aumente o pierda valor en el mercado, sin intervención de nadie. El mercado es la naturaleza misma, el orden de Dios. Pero la riqueza no la produce el mercado, sino yo. De manera ilegítima se hace al individuo productor absoluto y personal de la riqueza y a al mercado, el orden neutral donde habitan las posibilidades iguales para todos. Pero el escenario es todavía más confuso, pues se supone que, por un lado, todos son culpables de su destino: los pobres son pobres porque lo merecen, por su falta de amor al trabajo y por su ignorancia financiera; y los ricos son ricos porque han sabido arriesgar su vida y su capital, han sabido luchar a muerte contra los otros y esa valentía les ha recompensado monetariamente. Pero, por el otro, se supone que el mercado no solamente constituye un ámbito natural y neutral para el intercambio de mercancías e información, sino que, tocado por la mano de Dios, tiende por sí mismo al equilibrio, de tal manera que oferta y demanda se balancean y el crecimiento económico se traduce también, de suyo, en derrama de riqueza para todos. Pero no se trata sino de una suposición que se mantiene en la ilusión personal de pertenecer al pequeño porcentaje de triunfadores. La lógica no es muy distinta que la que usamos en la lotería: todos la compran porque la pérdida es poca (uno o dos billetes) y la ganancia posible, inconmensurable. El capitalismo se sostiene entonces sobre el sesgo cognitivo de poder ganar, es decir, sobre la posibilidad. Mientras que el comunismo quiso imponer un régimen a la realidad directamente, el capitalismo se mantiene sobre la nube de las probabilidades. Tú puedes triunfar. Tú puedes ser el ganador.

Volvamos al artículo.  Mientras que parece plausible y natural pensar que a la universidad solamente deben entrar los mejores, algo sucede cuando extendemos el dominio de esta lógica a todo servicio posible, especialmente los sociales. Pero, cito el artículo, ¿estaríamos dispuestos: “a soportar que alguien tenga peor salud, educación o pensiones si no gana o no ha ganado suficiente dinero durante su vida laboral, porque finalmente esto reflejaría que no hizo el mérito necesario”? La conclusión es evidente: “’Si no te esforzaste, entonces a aguantar no más, porque si hubieras sido responsable y te hubieras esforzado de verdad, entonces no estarías teniendo problemas de educación, salud o pensiones’. Y tras es esto, un punto ciego gigante: no importa de dónde partiste (oportunidades) sino dónde llegaste.”. Aquí está todo resumido: la pobreza es el castigo a la mediocridad, el fin merecido para quien no fue el mejor, sólo que los “mejores” son siempre los cinco primeros lugares, que además harán todo por mantener su lugar en el ranking.

El artículo remata mostrando por qué el conflicto chileno comenzó por el alza en el costo del transporte en metro. Éste un precisamente “Un lugar de fronteras, donde estás dentro o fuera si lo puedes pagar. Un lugar de integración y tránsito en una sociedad segregada, donde se exponen las desigualdades de manera brutal. Un lugar donde te sumerges y pierdes el derecho a la luz y aire de la superficie, consagrada principalmente al transporte privado. Un portal que me traslada diariamente a otros lugares donde trabajo y donde nunca voy a poder vivir. […] Un lugar donde mi cuerpo no cabe, y tengo que entrar de espaldas presionando a otros. […] un lugar donde para poder entrar, mi esfuerzo – que ya ha sido enorme– no es suficiente: tengo que esforzarme más. Un lugar estrecho como Chile, donde al parecer no cabemos todos”. Estas son las únicas estaciones reconocibles para nosotros, en América Latina y más allá: las que vamos atravesando en metro, en un destino común, vendido como únicamente personal. Pero nuestro destino, sin ser el mismo, es común y lo que suceda en Chile, impactará, por lo menos, al continente. Toda nuestra solidaridad con el pueblo chileno.

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.