¡A ‘cañón’ quitado!

  • Alejandra Fonseca
La vida de los capitalinos ya es ésta: de tensión, presión y apuros.

Seguido visito la ciudad de México y trato de acomodar mis horarios matutinos para llegar cuando el grueso de la gente ya se transportó para su trabajo o escuela; o bien, antes que ellos. Esta semana fui; me levanté a las tres de la mañana para tomar el camión y llegar antes de la marabunta. Pero no se me hizo; el camión salió a las 5.20 y llegamos 7.30, cuando, en la entrada a pesar de todas las mejoras y mayor número de carriles de vía rápida para agilizar el tráfico, nadie se salva de ir a vuelta de rueda. Me bajé en la parada del metro aeropuerto y entré: ¡Nunca había visto tantas personas haciendo cola a esa hora! Me formé en una fila de mujeres y esperé a que llegara el metro. ¡Y llegó un tren donde en ningún vagón cabía un alfiler más!

Me sorprendí de la cantidad de gente y con asombro pregunté a la muchacha que estaba a mi lado: “¿Pasó algo?” Ella, tranquila, respondió: “No, así ya es diario”. Me impresioné porque días antes había ido, a la misma hora, con el mismo itinerario, y no estaba así de lleno.

Pasó el segundo convoy y yo veía cómo algunas mujeres se iban metiendo a los vagones como podían; y ahí el poder de la unión: la empujábamos de donde se podía: espalda, brazos, cadera, y le gritábamos que metiera la rodilla, pierna, pie o  zapato para que cerraran las puertas, ya que nosotros desde fuera, sí veíamos qué estorbaba; hacíamos ‘cañón’, --como cuando jugábamos de niñas--para que no quedara nada fuera y se fuera el tren.

Era penoso y divertido: penoso porque la vida de los capitalinos ya es ésta: de tensión, presión y apuros; y divertido porque sin distingos de color de piel, edad, aspecto, calzado, vestimenta, peinado y demás, cargando bolsas, paquetes, suéteres, sacos o chamarras, al unísono, todas, nos unimos para meter, a como diera lugar, a las valientes que entraban al vagón.

También era irreal porque mientras las que decidían entrar y se metían como fuera, las de adentro, paradas o sentadas, ni se inmutaban: iban atentas a su celular, maquillándose o papaloteando, pero no se comedían, ni siquiera fingían, arrimarse una centésima de milímetro para que las que entraban a la fuerza, tuvieran espacio.

Así nos echamos siete vagones con ‘cañón’ con las que decidían entrar. Pasaba de las ocho. Se hacía tarde y me tocaba. Muy comedida avisé a mis compañeras, como si de un juego se tratara: “¡Voy!”, y sin nadie pelearme el turno: entré como pude, empujé lo más que pude, atendí muy obediente los gritos de que parte de mi cuerpo o vestimenta tenía que recoger para que las puertas cerraran, mientras mis compañeras echaban “cañón”; y me acomodé como fiel trapecista. En las restantes estaciones de mi trayecto, donde las mujeres entraban a ‘cañón’, quitado, neta les gritaba a las de adentro que se arrimaran para que las de afuera pudieran entrar.

Esta es la vida en el metro de la CDMX en horas pico, entras: ¡a ‘cañón’ quitado!

alefonse@hotmail.com    

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