Culiacán, parteaguas

  • Jesús Manuel Hernández
Vino a significar la culminación de una serie de hechos donde se han visto desfigurados

La sociedad mexicana ha recibido en menos de diez días mucha información que bien puede modificar las percepciones sobre la forma de gobierno de AMLO y su capacidad para enfrentar al crimen organizado.

La detención seguida de liberación por presión del Cártel de Sinaloa de Ovidio Guzmán López, hijo de “El Chapo”, vino a significar la culminación de una serie de hechos donde la policía, la Guardia Nacional y el mismo Ejército se han visto desfigurados.

Los casos de Aguililla e Iguala con una treintena de muertos en enfrentamientos no es nada en comparación con lo sucedido en Culiacán.

Un operativo con pocos militares, mal planeado, mal ejecutado, pareció más una trampa que una operación derivada del conocimiento que da la inteligencia.

Ovidio de 28 años puso en jaque al sistema mexicano dedicado a combatir al crimen organizado.

El hijo de El Chapo, comía a las 13.30 horas en una carreta de mariscos en la colonia Tierra Blanca, con su esposa y 8 ayudantes. En el sitio había varias familias con niños.

Los militares, algunos vestidos de civiles en número alrededor de 50 llegaron al sitio y detuvieron a Ovidio quien no opuso resistencia según los testigos, y gritaba que no quería problemas por los niños presentes.

Fue trasladado a la Fiscalía ubicada a unos 6 kilómetros de donde fue detenido. El tiempo que necesitaron los militares para transportarlo fue suficiente para que los miembros del cártel se organizaran para conseguir su liberación.

Cuando el convoy llegó a la Fiscalía ya había seguidores de Ovidio, y llegaban más. Ovidio fue llevado a un salón blindado, afuera se desata una balacera en una de las zonas de más desarrollo comercial, Tres Ríos, donde hay restaurantes, hoteles, plazas comerciales, edificio de negocios, etcétera.

Al mismo tiempo otro comando del cártel se dirige al fraccionamiento donde viven los familiares de los militares de Culiacán, cercan la zona con hombres armados, toman rehenes, adultos y niños y los colocan alrededor de dos pipas de gasolina.

Cuando llegan refuerzos militares encuentran que la zona está dominada por el cártel, se registran balaceras, quema de vehículos, más de 30 enfrentamientos en menos de 4 horas.

A eso se sumó el derribo de un helicóptero en el poblado “El Diez”, y el amotinamiento en el Centro Penitenciario de Aguaruto con la posterior fuga de 55 reos.

Ante eso y la amenaza de aumentar las balaceras y los incendios, o sea un auténtico estado de guerra, el gobierno mexicano liberó a Ovidio Guzmán que a los 28 años ha pasado a la fama por haber sometido, piensan algunos, a la 4T.

El Estado se justifica, ponderó el escenario y decidió optar por la prudencia, por no sacrificar vidas de civiles, inocentes.

El Ejercito cumplió, pero la operación falló, lo que involucra una investigación a fondo.

¿Cómo es posible que la operación no haya contemplado la capacidad de reacción del Cártel de Sinaloa?

¿Cómo fue posible que se ordenó una operación para extraditar al hijo de El Chapo sin las debidas precauciones?

¿Acaso fue una trampa para la 4T? ¿La trampa fue de afuera, o de adentro?

El presidente presume su prudencia, los expertos le avalan, los militares hacen llegar versiones de molestia por la forma como están siendo tratados, y es que han pasado de represores, a violadores de los derechos humanos y ahora a improvisados.

Al interior de los mandos hay un sentimiento de humillación, en cambio, al interior del Cártel de Sinaloa hay un sentimiento de haber sometido en su primer enfrentamiento formal, a la 4T.

O por los menos, así me lo parece.

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Jesús Manuel Hernández

Periodista desde 1974.Reportero de El Sol de Puebla y posteriormente ha participado como director y conductor de varios programas de radio y televisión en Puebla y columnista de El Heraldo de Puebla, y El Sol de Puebla.Actualmente publica Por Soleares, espacio de análisis político y El Rincón de Zalacaín, columna de historia de la gastronomía en El Sol de Puebla