Cabeza de alfiler: sobre nuestro modo de pensar

  • Arturo Romero Contreras
Adam Smith. La división del trabajo. Mecánica y trabajo intelectual. Cabeza de alfiler. Las universi

Si el mundo se transforma en una gran maquinaria de alfileres (informáticos, claro), acabaremos pensando como una cabeza de alfiler. 

 

Adam Smith es conocido por haber identificado la importancia de la división del trabajo para la producción mecanizada. En La Riqueza de las Naciones nos ofrece Smith el ejemplo de una fábrica de alfileres que secciona la producción en actividades separadas:

 

“[…] la fabricación de alfileres […] está dividida en varios ramos la mayor parte de los cuales también constituyen otros tantos oficios distintos. Un obrero estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo va cortando en trozos iguales, un cuarto hace la punta, un quinto obrero está ocupado en limar el extremo donde se va a colocar la cabeza […] el importante trabajo de hacer un alfiler queda dividido de esta manera en unas dieciocho operaciones distintas, las cuales son desempeñadas en algunas fábricas por otros tantos obreros diferentes […] En cambio si cada uno hubiera trabajado separada e independientemente […] es seguro que no hubiera podido hacer veinte, o, tal vez, ni un solo alfiler al día […]”

 

Los obreros no necesitan entender cómo se produce un alfiler, sólo precisan conocer bien su tarea. Pero en este escenario, siempre hay alguien (el propietario) que conoce el procedimiento completo y que se reserva para sí el trabajo intelectual. El trabajo manual resulta fragmentario, mientras que el trabajo intelectual posee una visión más general del proceso productivo. Muchas cosas han cambiado desde la fábrica de alfileres hasta la producción actual, mucho, sí, excepto la división del trabajo, hecho que hoy desborda ya fábricas y empresas para perfilarse como el modelo mismo del mundo.

 

Las universidades del planeta, por ejemplo, han decidido adoptar ya el modelo de los alfileres. Se llama profesionalización. Es decir, se trata de maquilar un estudiante en un área específica del saber para que pueda insertarse en alguna parte de la gran maquinaria productiva. Pero ya no podemos invocar aquí a san Pink Floyd y adorar las imágenes de la película The Wall, donde los niños hacen arder sus pupitres. Hoy no hay nada, ni nadie a quien liberar. Los profesores no pegan, los jóvenes no son forzados por sus padres a estudiar medicina o leyes; la vieja estructura autoritaria está muerta. Desde luego que los Estados reprimen y las iglesias salen a cazar brujas pro-abortivas y súcubos homoséxicos, pero lo hacen desde una posición más bien humilde si comparamos su poder con el mercado. Más bien la cacería inquisitorial y los despliegues granadéricos fungen como tentáculos del Kraken-mercado, o, como se le podría llamar: el Merkraken. El sello de nuestra época es que vamos al matadero cantando y con gusto. No sólo anhelamos “superarnos” con una carrera, sino que deseamos intensamente “triunfar”. La profesionalización la deseamos, la pedimos cuando, como estudiantes, gritamos: ¡enseñadnos cosas útiles!, ¡fuera maestros con la cabeza en las nubes!, ¡muerte a la teoría, que viva la acción! Si durante la guerra fría éramos espiados por un Estado y contra nuestra voluntad, hoy nadie nos espía, sino que regalamos nuestras fotos, nuestros contactos e intereses a Mark montaña de azúcar o a Bill puertas. Si el panóptico era el modelo de la observación estatal, hoy lo es el de una sociedad exhibicionista en la cual todos se observan y regalan esa red de miradas a una compañía. El verdadero fin de la revolución sexual no fue el “amor libre”, sino la transformación del pudor público en el deseo de ser mirado. El gran hermano era antes un invasor, ahora es nuestro deseo más íntimo: ¿¡Dios mío, Dios mío, por qué has dejado de mirarme!?  

 

 

Que la universidad se goce en la especialización y que produzca sobre todo estudiantes pre-especializados (o sea, que no estudian un campo general para luego especializarse, sino que alguien los especializa de antemano) es ya un signo de que el pensamiento ha adoptado un modo particular de producirse y reproducirse. No he dicho el saber o el conocimiento, sino el pensar, porque la escuela (a cualquier nivel) precisamente estructura los modos y estrategias del pensamiento que ejercerán sus alumnos. Ahora, este modelo educativo es sólo el reflejo de un proceso todavía más extendido del pensar en general. En el contexto de la producción mecanizada, el pensamiento, creador de aquella, ha terminado por parecerse a su creación.

 

Muchos han celebrado el pensamiento fragmentario, intempestivo, disperso sin darse cuenta hasta qué punto ésta ha terminado pareciéndose a la fábrica de alfileres. Pero, ¿no se supone que la creatividad es incompatible con esa imagen de la fábrica de alfileres que tenía a Charlie Chaplins como sus obreros (cfr. la película Tiempos Modernos)? Ah, pero es que ahora la fábrica de alfileres se parece más al Lego, ese juego para armar, donde las cosas se pueden ensamblar de muchas maneras, que a la rígida máquina industrial. Esto es verdad siempre y cuando las formas y las maneras de hacer embonar las piezas estén decididas de antemano. El mundo es colorido como el supermercado.

 

El pensamiento creativo, tan celebrado hoy, sólo modifica los colores de los castillos que ensambla. El pensamiento fragmentario se cree novedoso; pero sólo se mantiene en esa ilusión por cuanto no es capaz de ver las relaciones más generales. Pensamos con la cabeza de un alfiler y nos maravillamos de nuestra singularidad: ¡por Dios, qué creativo soy! Pero al mismo tiempo, además de apabullantemente originales, nos sentimos profundamente incomprendidos, almas geniales en un mundo indiferente. Pero la verdad es que somos profundamente repetitivos, nuestra originalidad se limita a elegir colores y somos en verdad profundamente comprendidos, quizá como nunca. La publicidad nos comprende a tal punto que se anticipa a nuestro propio deseo: nos sugiere combinaciones de pizza y libros de filosofía como si nos hubieran leído la mente. Nuestro correo electrónico, nuestro perfil de Facebook, de fotos, etc., registra nuestros comportamientos, nos compara con otros usuarios (a partir d procedimientos de big data) y nos da una probabilidad de comportamiento bastante acertada. Y el pensamiento subversivo que se aventura por “caminos alternativos” está también comprendido en las instrucciones de la caja de Lego. Ser alternativo implicaría cambiar el juego mismo, lo que exige a su vez conocerlo en su globalidad, pensarlo en todas sus mediaciones, lo que a su vez requiere tiempo, paciencia, constancia y varias páginas hiladas, todo ello conductas que nuestra sociedad aborrece.

 

Nuestro pensamiento (y uso el pronombre honestamente para incluirme, sin demagogia) es instantáneo, disperso, fragmentario. Y lo alabamos, porque gracias a eso puede ser “flexible”, “adaptable” y capaz de reaccionar a corto plazo. Sí, sólo que ese pensamiento es flexible en el mismo sentido que el trabajo actual y la estrategia mundial de flexibilización laboral. Todavía tenemos el cinismo de decirle a los niños: ¡no memoricen, comprendan! Sólo que no se comprende nada si no se memoriza algo. Más bien  se puede decir que consumimos instantaneidades: comida rápida (ya no hay tiempo ni para cocinar, ni para sentarse a consumir una comida preparada), flashes informativos (nada de libros, porque, dicen, todo cambia muy rápido; lo cual es cierto: cambia para permanecer igual), breves clips de video (para Google, por ejemplo, los videos largos son aquellos que duran más de 20 minutos), artículos de journals (los intelectuales escriben articulitos y no libros porque nadie los va a leer, ni siquiera ellos; y no por pereza, sino porque no tienen tiempo).

 

En alguna época soñamos que las máquinas harían el trabajo repetitivo y que nosotros tendríamos tiempo para la invención y la creatividad. Pero la productividad sólo ahorra tiempo para poder producir más y las tareas repetitivas de la máquina las hemos adoptado nosotros. No es ninguna sorpresa: las máquinas, dispositivos y diseños (inclúyase aquí la ingeniería social) con los que convivimos todos los días nos fuerzan a pensar fragmentaria y repetitivamente. No se olvide que la tecnología no tiene que ver sólo con “fierros”, sino con el diseño de la vida, de modo que la burocracia forma parte esencial de ella. También sus procedimientos están pensados como la fábrica de alfileres de Smith.

 

Se nos decía de niños que la creatividad y la invención eran el antídoto contra la mecanización de la vida de una fábrica, pero hoy Google nos puede desmentir. Si el modo de producción de principios del siglo XX se llamó fordismo, el modo contemporáneo, orientado al sector de servicios y a la producción de otras mercancías intangibles, siguiendo un modelo de negocios flexible, creativo y lleno de colores, podríamos llamarlo googlismo. En esta línea, nuestro pensamiento es creativo-fragmentario y no se opone a la producción en masa. La producción de hoy ha incorporado a Chaplin a la máquina (capitalism is fun!). No es tampoco de extrañar que todo parezca siempre nuevo y al mismo tiempo profundamente aburrido y repetitivo. 

 

Mucho se discutió en el siglo XX sobre el modo en que la tecnología se había convertido en algo más que un instrumento. Ella constituía ya el horizonte de nuestra vida diaria. El “estrés” comenzaba ya a humear en esos cuerpos que, por primera vez en la historia, eran acelerados a velocidades nunca antes imaginadas en armatostes movidos por gasolina. El pensador alemán Theodor Adorno describió de manera ejemplar esta sociedad industrial de comienzos del siglo XX. Pero hoy la penetración es mucho más brutal. Hoy buena parte de la producción del mercado está orientada a tecnologías y unidades de información. Dichas tecnologías ya no afectan nuestro modo de desplazarnos (como el automóvil) o nuestro modo de comer (la comida rápida, de lata o de microondas), sino nuestro modo de pensar. Los gadgets del planeta tratan el mundo y, de hecho, lo producen y reproducen como y en cuanto información. No sólo gobiernan cómo se genera y se almacena la información, sino, al mismo tiempo, cómo se organiza y cómo se recupera. Si recordamos que un premio nobel de economía del siglo XX, Joseph Stiglitz fue galardonado por “descubrir” que la asimetría en la información que dos actores poseen del mercado hace que la libre competencia deje de ser libre, podemos anticipar lo que significa que hoy alguien sea propietario de los datos de casi todo el planeta, como Google.

 

Pues bien, hoy la producción en masa implica, sobre todo, génesis de información y de modos de relacionarse con ella. Así, por primera vez en la historia, el mercado incide directamente sobre las formas del pensamiento, porque él es ya una suerte de pensamiento autonomizado. Google nos ha enseñado a buscar cosas; el teclado virtual a escribir brevemente y con abreviaciones; Word a redactar con su terco sistema de corrección; el e-mail a escribir cartas. La tecnología no es ya una herramienta, sino la realidad misma en la que nos desplazamos y a la cual debemos plegarnos para sobrevivir. Las generaciones “nativas” de esta avalancha de tecnologías, desarrollarán un modo de pensar acorde a ellas. Esto no es para llorar, ni para festejar, sino para poner atención sobre la manera en que la tecnología, además de mediar las relaciones sociales, hoy media el lenguaje, la comunicación y, finalmente, nuestro modo de pensar. Y si el mundo se transforma en una gran maquinaria de alfileres (informáticos, claro), acabaremos pensando como una cabeza de alfiler. 

 

Twitter: @arturoromerofil

 

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.