Propiedad intelectual II

  • Arturo Romero Contreras
El hombre se beneficia de la naturaleza y no le paga

(Árboles en Warschauer Straße, 2007)

Las noches se tienden desde temprano sobre nuestros hombros,

los pájaros viajaron ya a tierras menos inhóspitas,

la lluvia congelada emblanquece las mañanas con su sueño,

la emoción por el frío se va yendo con el viento.

La ilusión por la nieve permanece,

recordando la lúgubre belleza,

la insoportable tristeza de no ver el sol.

(Foto y texto: Sabina Morales Rosas)

Nos habíamos quedado en la entrega pasada en que invocábamos al demonio al pronunciar las palabras “propiedad privada”. Un querido amigo tiene razón: el socialismo real se fue al diablo. No vamos a descender al Hades para rescatarlo, que nuestra Eurídice se quede ahí, con sus nuevos compañeros de piso en algún nivel del departamento de Dante. Lo que pretendo es volver a poner la pregunta sobre la mesa por razones de evidente urgencia, aunque la mayoría no quiera o no pueda verla. Por cierto que la ceguera y el autoengaño no se superan con ningún anuncio de catástrofe, sino con la catástrofe misma y aun en esos casos, como los músicos del Titanic, es posible que sigamos repitiendo nuestras viejas cantaletas mientras el gran barco se hunde. Pero el buen optipesimista no se rinde y decide también engañarse, para bien, según él, pensando en que habrá oídos que oigan.

Hablábamos entonces de un juego de continuidad y discontinuidad y la pregunta que nos hicimos es: ¿dónde cortar? De ello depende lo que contará como mercancía individual, como un individuo propietario, pero también lo que se disolverá en un continuum o en una red de relaciones cuyos nodos y enlaces se nos pierden en un conjunto sin totalidad. Veamos esto de cerca. Nadie duda que podemos separar una manzana de otras manzanas o del árbol mismo que la ve madurar. Nadie duda (¡y faltaba más!) que los individuos deban tener derechos y obligaciones inalienables en tanto individuos. Y sin embargo, dichas “unidades”, puntos o elementos discretos, como la manzana y el individuo propietario, sólo son posibles en cadenas de relaciones más amplias. Muchas veces incluso dichos puntos no son sino meros momentos de flujos continuos.

Para no extraviarnos en ideas tan extravagantes pensemos tan sólo en el reconocido fenómeno que acosa a los físicos: el comportamiento de la luz como partícula (algo discontinuo) y como onda (algo continuo). Pues sucede que de manera análoga, atendemos sólo a los fenómenos discretos, sobre los que fundamos la propiedad privada, pero le tapamos el ojo al macho cuando se trata de pensar la continuidad y las relaciones complejas. Hoy escuchamos por todos lados que la ruina de la humanidad proviene del hecho de que el mundo se ha convertido en algo medible, cuantificable y esencialmente manipulable. Por todos lados encontramos cifras y medidas que nos aseguran que el señor de este mundo es el contador: señor matemático o señor de impuestos. Es así que se pueden disponer los acontecimientos en tablas, en vitrinas y anaqueles. Pero no hay aquí ningún extravío: ¿qué de malo hay en contar las manzanas, los cuerpos o las veces que voy al baño? La verdadera ceguera y su extravío correspondiente surgen cuando no se aprecia de forma simultánea lo fluido y lo discreto y de aquella satánica tentación de querer reunir las cosas en una unidad absoluta (algo así como la unidad absoluta de lo continuo y lo discontinuo) o de querer someter una perspectiva a la otra (lo continuo sobre lo discontinuo o viceversa).

El viejo Platón decía que la filosofía es la ciencia de la división. Es decir, la ciencia que pretende comprender las divisiones, los límites, los bordes que parten y reparten el mundo en categorías y formas y, claro, entre lo “propio” y lo “ajeno”. Aun cuando decimos que eso no nos importa, que dejamos tales devaneos a los teóricos porque nosotros somos muy prácticos ya que nos preocupa fundamentalmente el costo de la renta, sufrimos los efectos. Como seres muy prácticos en realidad no sabemos nada de por qué ese espacio bien delimitado en metros cuadrados cuesta lo que cuesta. No perdemos el tiempo en preguntarnos por qué es que un terreno, un departamento o un lote valen por su localización, o sea, por todo lo que rodea al espacio en cuestión, no por lo que tiene dentro (¡qué raro, cuando pensamos que lo propio más bien corresponde a lo interior!). Y consecuentemente no vemos para nada cómo es que, por ejemplo, en una ciudad, los propietarios se benefician de la inversión que hace el gobierno (y no ellos) en calles, alumbrado, agua y recolección de basura. Porque el propietario no paga la pavimentación de la calle, pero su inmueble chupa esa inversión pública como la planta el agua, y así acaba cobrándonos más.

Volvamos ahora a nuestro ejemplo agrícola. La manaza, que podemos ver, contar, separar de otras manzanas y que parece ser ella misma algo duradero y estable, es sólo una “parada” o “momento” en el movimiento de la energía en el planeta, eso que llamamos cadena trófica (planta que come sol, que es comida por el ratón, que es comido por el zorro, que es comido por el tigre, que es comido por el hombre, que muere y se pudre y retorna a la tierra para dar de comer de nuevo a las plantas, que comen sol, que a su vez son comidas…). Todo comienza para nosotros en el sol, que baña al planeta y así alcanza a la planta, que transforma la energía luminosa en energía química. Este proceso casi milagroso, transmutación más sorprendente que cualquier truco alquímico, prosigue en la naturaleza sin consideración alguna por la singularidad del árbol o la manzana, o el que la come.

Los empiristas ingleses (si no es para una cierta época, casi un pleonasmo), amantes de las buenas historietas, gustaban de contar un cuento para explicar el origen de la propiedad privada: si yo tomo una manzana y la arranco del árbol, puedo considerarla mía, porque he mezclado mi trabajo con la naturaleza. Eso que yo agrego es el trabajo de extender la mano. En términos más generales (porque extender el brazo y coger la manzana resulta un acto bastante perezoso): si yo trabajo la tierra, su fruto me pertenece. El empirista asume que con este comportamiento yo me coloco como autor, como causa de la manzana, porque yo planté el árbol, lo regué, y éste creció y dio fruto por el sudor de mi frente. Pero es obvio que este cuento vale sobre todo para que los niños (y los ciudadanos) se duerman y no molesten con preguntas. Ahí tenemos al individuo, que se cree autor, y un producto concreto: 20 kilos de manzanas producidas con el sudor de su frente. Lo que no aparece en esta relación son las innumerables mediaciones que hacen posible este fruto: el agua, el aire, el sol, los otros animales.

Es obvio que yo, humano, soy una causa cooperativa, pero no una causa absoluta. Yo he cooperado con la naturaleza para que la manzana sea posible. Incluso si yo diseño la manzana genéticamente, no he creado el “código” de la nada, sino que lo he modificado simplemente y privatizar un código es tan absurdo como privatizar el lenguaje. Pero el error no reside sólo en hacer del hombre la causa absoluta, sino en creer que el “hombre” es algo que puede separarse sencillamente de la naturaleza, que es algo subsistente, con bordes claros. El hombre, es también cuerpo entre los cuerpos formando parte de un sistema que él no gobierna. A tal grado se engaña el hombre en su pretendida suficiencia, que su relación con la naturaleza es de perpetua deuda. El hombre dice: yo siembro el árbol y consecuentemente lo puedo cortar. Pero no ve que él no ha comenzado el movimiento de producción y reproducción de las cosas y, cuando corta un árbol no cosecha los frutos de su trabajo, sino del trabajo de la naturaleza, la roba, si se quiere ver así. Y, tal como el propietario de un inmueble que se beneficia del gobierno y no le paga, el hombre se beneficia de la naturaleza y no le paga. El empleador cree que el trabajo de su trabajador es una cantidad cuantificable que puede ser pagada, cree que es una mercancía con un precio sujeto a la oferta y la demanda. Lo que no paga es la capacidad creadora del trabajador, el hecho de que él es un representante de la humanidad que pone a la humanidad entera en juego en ese momento de producción. La privatización es el acto por el cual un conjunto de relaciones es considerado como un mecanismo con partes independientes y separables; y cuando sobre flujos y procesos se impone el molde de individuos y cosas fijos. El concepto corriente de “sustentabilidad” es torpe porque razona así: si cortas un árbol, siembra otro. Pero no considera el costo que tiene para otras especies cortar un árbol, ni tampoco el costo para el conjunto de un ecosistema, que reemplaza los árboles de otra manera. El árbol muerto y seco no es leña: sigue teniendo una función particular en relación con otros seres. Todo lo que se ha extraído masivamente de la naturaleza ha producido déficits. ¿Qué es la basura, sino una gran cantidad de materia hurtada a procesos de reabsorción y reciclaje natural? No es verdad que destruimos la naturaleza (ella es movimiento incesante y destrucción también, como lo vemos en las grandes extinciones), es sólo que nuestra relación con ella es la de deuda y los problemas “ecológicos” son sólo las consecuencias (los intereses) de un uso desenfrenado y en una perspectiva inmediata de los recursos. Con la privatización de la naturaleza, como lo vemos en el uso de los transgénicos, queda sellado este modus operandi. No sólo serán unos cuantos quienes tengan en dominio sobre la comida, lo que se traducirá obviamente en un control social y político de las poblaciones mundiales, sino que seguirán reproduciendo ese déficit natural sin que haya nada, ni nadie que los pueda detener.

Buena parte de nuestra ciencia, nuestra política y nuestra economía se fundan en una idea básica: que el mundo puede ser reducido a componentes elementales (átomos, unidades, puntos) que podemos aislar y luego manipular y recomponer. Estos dos momentos los llamamos: análisis/extracción/aislamiento y síntesis/construcción/composición. Saltamos rápidamente a la conclusión de que el mundo es en sí y para sí discontinuo y por tanto apto “naturalmente” para su recomposición. Pero el mundo es, al mismo tiempo, tan discontinuo como continuo. De hecho, tanto en la “naturaleza”, como en la “cultura”, podemos constatar una especie de regla general: que muchas veces no es posible cortar algo en pedazos sin destruirlo (o sin modificar su naturaleza); no podemos extraer algo de un sistema, sin que haya consecuencias en el conjunto. Dicho en palabras que sonarán muy familiares: “el todo es más que la suma de sus partes”, sólo que precisamente ya no podemos hablar de “totalidades”, sino de algo así como “continuidades indefinidas” o de espacios interconectados cuyos nodos y bordes no podemos determinar absolutamente. No es que la manzana singular no exista, ni que tú o yo seamos una excrecencia o, peor, una ilusión, sino que la manzana, tú y yo, no estamos separados desde todas las perspectivas posibles. Desde el punto de vista de la circulación de la energía somos meros momentos, desde el punto de vista de la especie somos meros eslabones, desde el punto de vista de la vida somos nodos de una red de alianzas y competencias, etc. No hay nada aislado y lo que aparece como separado en un plano, puede verse como continuo en otro. Todo es cuestión de perspectiva y escala. Si nos preguntamos: ¿es el agua algo continuo o discontinuo? respondemos rápidamente: continuo. Nada más fluido que ella. Pero si descendemos en la escala al nivel molecular, aparece la fórmula H2O, y responderemos: discontinuo.

Ahora, en el caso de la propiedad intelectual todo resulta más raro, porque las cosas se han desvanecido: las mercancías son las ideas. Pero, como ya hemos dicho ¿puedo yo decir en última instancia que una idea me pertenece? ¿Puedo decir que yo he pensado por primera vez algo, y que soy autor absoluto de ella? Es evidente que una idea sólo existe en relación con otras ideas, lo mismo que una palabra sólo tiene sentido en relación con otra palabra. Pero los humanos hemos tomado una decisión, hemos decidido trazar un corte. Si el trabajador manual recibe una paga, también debe recibirla el trabajador intelectual, porque ambos se encuentran en una misma red de reciprocidad. El trabajador manual produce algo concreto, el trabajador intelectual no siempre, pero no por ello es menos productor. Producir no es generar de la nada, sino transformar algo preexistente. En esa medida, nadie es realmente autor y todos lo son a la vez. Una obra de arte, por ejemplo, es un producto. Puesto que nadie le paga un salario al artista por producir (no posee un sueldo), éste debe cobrar por su obra o simplemente morirse de hambre. Pero, puesto que sabemos que su trabajo es un bien público y que pertenece a la humanidad, todo el mundo acepta que los derechos de autor deban caducar. Más aún, incluso durante la vigencia de ellos, se acepta que las instituciones educativas tengan derecho a su reproducción limitada, si no hay ánimo de lucro. La medicina también funciona así: las patentes, puesto que atañen a la humanidad, también tienen un plazo antes de caducar. ¿No debería entonces toda propiedad privada caducar en algún momento? Y también, como sucede en el caso de la educación, ¿no deben establecerse claras excepciones al derecho de propiedad cuando la vida, la salud o la cultura están en juego? El Estado se reserva siempre el derecho de expropiación de un inmueble en nombre del bien común. Sucede, sin embargo, que nadie quiere comenzar una gran discusión sistemática sobre ello: qué puede ser privatizado, por cuánto tiempo, qué excepciones deben establecerse, qué circunstancias, tiempos y espacios deben contar (tras una juiciosa tipificación) como un bien social.    

Podemos afirmar que la propiedad privada no hace sino trazar un límite que delimita un qué y un quién, pretendiendo hacerlos pasar como subsistentes, absolutos y fuera de todo devenir y condiciones. Este límite funciona después como una frontera, pues lo que hace es regular el acceso de las personas a la cosa. Algunos se quedan fuera, otros dentro, unos pueden entrar y salir en ciertos horarios, otros nunca, otros pueden moverse libremente. La propiedad no es nunca puramente privada, sino que funciona como una membrana diferencial. Pero entonces, dónde pongamos el límite, bajo qué condiciones, con qué excepciones, es algo que corresponde a todos fijar.

Twitter: @arturoromerofil

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Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.